Dime como es tu familia y te diré como elaboraréis el duelo

Cuando una familia pierde a uno de sus miembros se ve obligada a adaptarse a una nueva realidad en la que deberá seguir funcionando sin el ser amado que acaba de perder. Dependiendo del peso específico del fallecido en las dinámicas comunicativas intrafamiliares, de los roles que desempeñaba, de las distancias emocionales entre los miembros de la familia y de la capacidad de adaptación de ésta, el proceso de duelo familiar puede ser más o menos complejo.

Es posible conocer el tipo de funcionamiento familiar evaluando tres dimensiones: el tipo de comunicación establecida entre sus miembros, la adaptabilidad de la familia  y su cohesión.

COMUNICACIÓN FAMILIAR

El tipo de comunicación permite observar el “clima” familiar. La comunicación no se puede considerar simplemente como una forma de transmitir información sino que que hay que considerar que impregna por completo la naturaleza y calidad de vida de la familia. Por ello debemos tener en cuenta que una buena comunicación facilita el funcionamiento de la familia. Cuando en la comunicación familiar abundan los mensajes ambivalentes, hay un exceso de crítica negativa, poca empatía, secretos de familia, ausencia de reconocimiento y apoyo mediante mensajes positivos, e incapacidad para expresar y compartir las emociones, sin duda nos encontramos en una situación en la que será mucho más difícil elaborar un duelo.

ADAPTABILIDAD FAMILIAR

Vamos por pasos. Empecemos por la adaptabilidad (o flexibilidad) de la familia, entendida como la capacidad de respuesta ante acontecimientos estresantes, como lo es la pérdida de uno de sus miembros. Esta capacidad se manifiesta en el ejercicio del liderazgo familiar que mantiene un cierto control y disciplina, en los estilos de negociación, los roles establecidos y las reglas que rigen las relaciones familiares.

Se distinguen cuatro niveles de adaptatiblidad:

Familias rígidas
Son familias que suelen utilizar un estilo de comunicación pasivo-agresivo y en las que reina una disciplina muy estricta, de modo que es difícil negociar en los conflictos que van surgiendo con la convivencia. Los roles de sus miembros son rígidos y estereotipados: unos mandan y otros obedecen. Las reglas familiares no son modificables y son estrictamente respetadas a la fuerza y si un miembro de la familia las transgrede, vive la amenaza de dejar de ser considerado de la familia.

Familias estructuradas
Son familias que generalmente utilizan un estilo de comunicación asertivo, es decir, que es posible que alguno de sus miembros exprese su disconformidad con el resto de familiares sin que ello implique un disgusto familiar importante. La disciplina suele ser establecida de una forma más o menos democrática y estructurada. Los conflictos se pueden resolver satisfactoriamente gracias a negociaciones respetuosas. Los distintos roles para el desempeño de las tareas suelen estar repartidos y/o compartidos. Todo el mundo conoce las normas aunque de vez en cuando sea necesario recordarlas de forma explícita, y se aceptan cambios progresivos en las mismas de modo que se hace más fácil que puedan ser respetadas.

Familias flexibles
Las familias flexibles utilizan un estilo de comunicación en el que se acepta la discrepancia como algo natural. La disciplina es completamente democrática y la negociación de los conflictos es adecuada, de forma que se pueden resolver satisfactoriamente para todos. Los roles son compartidos, sin que haya grandes desequilibrios entre los que desarrollan unos miembros u otros, y además son capaces de intercambiar las tareas con facilidad si se hace necesario. Las reglas están claras para todos, son modificables si la situación lo requiere, y no suele ser necesario recordarlas explícitamente porque todos las respetan.

Familias caóticas
Suelen utilizar estilos de comunicación ambivalentes, por lo que a menudo se da por supuesto que los demás deben adivinar las cosas y que, por lo tanto, no hay que esforzarse en llamarlas por su nombre. Incluso a veces se utiliza el silencio por respuesta, cosa que despista mucho a los interlocutores. Por supuesto, hay poca o nula disciplina; cada uno hace lo que quiere y le importan relativamente poco los demás. En este tipo de familias es muy difícil resolver problemas porque las discusiones se hacen interminables. El reparto de tareas es aleatorio; cada uno hace lo que quiere, por lo que es frecuente que haya tareas que se realizan por duplicado y otras queden por hacer. Como en todas las familias hay roles establecidos, pero ha sido de forma arbitraria, y cambiarlos suele ser dramático. Las reglas, si existen, también son arbitrarias y nunca se habla de ellas.

COHESIÓN FAMILIAR

Entendemos por cohesión en una familia el grado de unión emocional que perciben sus miembros respecto al resto de familiares, considerando la vinculación emocional, la implicación familiar, las coaliciones entre padres e hijos, la percepción de fronteras entre familiares y/o con los familiares lejanos y amistades, y el grado de unión en cuanto a la toma de decisiones.

En función de la cohesión familiar podemos identificar cuatro tipologías de familia:

Familias desligadas
Sus vínculos afectivos suelen ser frágiles, de modo que los miembros de la familia son muy independientes entre ellos. Este tipo de familias suelen tener unos límites generacionales muy rígidos, así que es difícil que abuelos y nietos tengan una relación consistente. Los límites internos son tan cerrados que los miembros de la familia suelen tener más confianza en personas externas a la familia que en los propios allegados. Estas familias suelen pasar su tiempo separados, estableciendo una gran distancia emocional y física entre sus integrantes. Las decisiones son tomadas por cada uno independientemente, no comparten amistades y tienen preferencia por actividades de ocio individuales.

Familias separadas
Son un tipo de familia que gozan de una independencia moderada entre sus miembros. Los límites generacionales suelen ser evidentes, pero ello no impide que los nietos “cumplan” con sus abuelos de vez en cuando. En estas familias se combinan las actividades individuales con las compartidas. Tienen preferencia a las actividades individuales, tanto para tareas propias del funcionamiento familiar como para el ocio, pero no se les da mal actuar colaborativamente si se presenta la ocasión.

Familias conectadas
Suelen observarse relaciones de dependencia emocional entre algunos de sus miembros, sin que ello llegue a ser un problema en el funcionamiento familiar. Los límites generacionales están claros pero sus miembros disfrutan y se sienten cómodos relacionándose con familiares de otras generaciones. Pasan su tiempo preferentemente juntos y se separan cuando hay una justificación que todo el mundo comprende. Se prioriza el espacio familiar privado teniendo en cuenta la existencia del espacio público (“los trapos sucios se lavan en casa”). La red de amistades suele ser conformada por un reducido número de amigos cercanos a la pareja o el mejor amigo de un miembro de la familia. Las decisiones se toman pensando en el bien del grupo familiar, y las actividades de ocio suelen ser compartidas con familiares o, a lo sumo, con amigos considerados como de la familia.

Familias aglutinadas
Suelen tener vínculos afectivos de gran dependencia emocional. Son familias muy cerradas en sí mismas con pocos o ningún límite interno por lo que es frecuente que se confundan algunos roles (por ejemplo: “me crió mi abuela, que me hizo de madre, y mi madre es mi mejor amiga”). Suelen convivir varias generaciones juntas dejando poco o nulo espacio para la intimidad individual. Pasan la mayor parte del tiempo juntos, comparten todas la amistades, y toman todas las decisiones juntos. Las actividades de ocio son conjuntas y no les gusta integrar a personas que no sean de la familia en ellas.

 

A estas alturas, consultando las dos tablas de este artículo, es posible que hayas identificado de qué tipo es tu familia en función de la adaptabilidad y comunicación, y de la cohesión familiar. También es posible que tus deseos y expectativas personales sobre tu familia hayan distorsionado un poco tu percepción, por lo que te ruego que consideres contrastar tu visión subjetiva con la de alguien de tu confianza que conozca bien a tu familia, y a ser posible que no forme parte de ella.

Si combinamos las dos dimensiones que hemos visto, podemos clasificar las familias en los siguientes tipos, según su funcionamiento familiar:

Cuanto más al centro del gráfico se sitúe tu tipo de familia, debes  saber que más recursos tiene para afrontar una pérdida. Cuanto más lejos del centro del gráfico, más dificultades.

Así pues, atendiendo a los colores de la imagen:

Zona anaranjada: Familias funcionales (Famílias separada-flexible, conectada flexible, separada-estructurada conectada-estructurada).
Se trata de tipologías de familia con recursos más que suficientes para afrontar de una forma saludable la pérdida de uno de sus miembros. Son familias que gozan de una excelente flexibilidad que permitirá, con el tiempo, encontrar una nueva forma de funcionamiento estable y satisfactorio para todos sus miembros. Durante el proceso de duelo darán oportunidad a la expresión emocional que se deriva de la pérdida, y ésta será compartida, así que cada uno podrá recibir y ofrecer soporte a sus seres queridos.

Zona rosada: Familias con disfuncionalidad leve (Familias separada-caótica, conectada-caótica, desligada-flexible, aglutinada-flexible, desligada-estructurada, aglutinada-estructurada, separada-rígida, conectada rígida).
Son tipos de familia con recursos pero también limitaciones para una elaboración del duelo saludable. Es posible que algunas de ellas tengan dificultades para expresar y compartir su aflicción, quedando sus miembros encapsulados en su dolor individual. La falta de expresión emocional puede justificarse por temor a no deprimir más al resto de la familia. En algunos casos habrá individuos que se autoprohíban (nieguen)elaborar el duelo, considerando que éste sólo corresponde a la persona más cercana a la persona fallecida (por ejemplo, la pareja). Esto se puede ver reforzado por la persona designada para ser la “portadora del duelo principal”, que autoproclamándose como la más perjudicada por la pérdida puede llegar a preocupar tanto al resto de sus familiares que les dificulta (por supuesto, involuntariamente) que puedan conectar con el dolor individual porque deben “mantenerse fuertes”. También pueden surgir modelos de respuesta evitativos como el silencio, el aislamiento social, la falta de apoyo, el secreto familiar, etc, o bien modelos distorsionados de respuesta (idealización del fallecido, identificación, momificación, etc.) En este tipo de familias puede venir muy bien un soporte profesional.

Zona roja: Familias disfuncionales (familias desligada-caótica, aglutinada-caótica, desligada-rígida, aglutinada-rígida).
Son los tipos de familia con más dificultades para la elaboración del duelo. Suelen abordar la pérdida con un aumento de los conflictos, agresividad, y proyecciones masivas que se pueden llegar a canalizar incluso a través de los tribunales, peleando por diferencias de opinión sobre la herencia. Suelen aparecer alianzas y coaliciones con intereses contrapuestos. Lejos de prestarse apoyo mutuo y consuelo se añaden sufrimientos adicionales. Pueden surgir modelos amplificados de respuesta desencadenadores de rupturas, reagudización de duelos de generaciones anteriores, o se puede cronificar el duelo. Dependiendo de la importancia del rol de la persona fallecida, la familia se ve amenazada en su integridad y existen muchas posibilidades de que termine destruída. En estos casos se hace imprescindible un soporte especializado con el objetivo de ayudar a la familia a reorganizarse y minimizar del dolor por la pérdida y el conflicto.

No puedo terminar sin advertir que esta propuesta de autoevaluación de la tipología de la familia como predictor de la complejidad en la elaboración del duelo debe ser tomada de una forma relativa ya que la naturaleza de la pérdida (duelo perinatal, muerte de un hijo, muerte repentina, suicidio, etc.) y el momento evolutivo de la familia en que se produce (por ejemplo, si ésta se presenta cuando hay un embarazo en la familia) son muy importantes y pueden llegar a poner en jaque los recursos de las familias más estables.

Espero que este artículo os ayude a conocer un poco mejor a vuestra familia. Gracias por leerme.

Un abrazo,

Enric Soler

Por ser tú, estoy aquí

El reagrupamiento y el establecimiento de una eventual tregua para antiguos conflictos es uno de los comportamientos más habituales de las familias, al poco tiempo tras la muerte de uno de sus miembros.

Justamente esto es lo que se ha producido en el grupo Olé Olé tras la pérdida de uno de sus fundadores, Juan Tarodo, que falleció el pasado 9 de mayo de 2013. Era compositor, letrista y percusionista, aunque se le ha conocido más por ser uno de los fundadores del grupo de los 80.

Olé Olé cosechó grandes éxitos en una dinámica de solistas que abandonaron y se integraron a la formación sucesivamente hasta que ésta se desintegró. Solamente la muerte de Juan Tarodo, justamente quién ostentó el rol aglutinador del grupo, ha conseguido, 20 años después, que sea posible reunir a la mayoría de sus miembros para honrar su memoria de la forma que saben hacerlo: con su música.

Aquí os dejo el videoclip de la canción, una excelente expresión del duelo por su pérdida, que a la vez sirve para sublimarla convirtiéndola en una buena causa: Los beneficios discográficos y editoriales de este tema irán destinados a la pareja y los hijos del fallecido, que se encuentran en una situación económica delicada.

Sin duda, una buena idea para regalar a una persona en duelo. Espero que os guste.

Abrazos,

Enric

 

 Por ser tú – Olé Olé

La primera luz al amanecer
Y una tibia sombra en tu lugar
Y aún así puedo verte y resides en mi realidad
Nada queda atrás, es un ciclo más
Gira y vuelve a golpe de pasión
Y nunca faltarás, ya que bailas en mi corazón
 
Por ser tú estoy aquí
Y tu ritmo vive en mí
Es tu mirada
Son tus palabras a la eternidad
Por ser tú
Hoy tu sueño está a mi alrededor
Tu sonrisa canta tu calor
Se adelantó el destino
Y nos dejó la estela de tu amor
 
Por ser tú, estoy aquí
Y tu ritmo vive en mí
Es tu mirada
Son tus palabras a la eternidad
Por ser tú…
 
Estarás aquí, seguirás aquí
En cada paso, en cada canción
Revivirás la luz
Harás brillar el sol, brillará el sol
Por ser tú, estoy aquí
Y tu ritmo vive en mí
Es tu mirada
Son tus palabras a la eternidad
Por ser tú, estoy aquí
Y tu ritmo vive en mí
Es tu mirada
Son tus palabras a la eternidad
Por ser tú…
Por ser tú…

Navidad y la presencia de la ausencia

La Navidad obliga a la celebración y a la alegría de compartir el festejo con la familia. Pero… ¿cómo es posible celebrar las fiestas si nos sentimos tristes por la pérdida de un ser querido? ¿Tiene sentido celebrar algo cuándo no se tiene ánimo de hacerlo? En estas fechas, las personas que se encuentran en un proceso de duelo se sienten todavía más tristes, saturadas, con sensación de pérdida de control emocional, sin fuerzas para decorar la casa, comprar regalos, u organizar una comida familiar, a la vez que su entorno presiona para que lo hagan. De este modo se presentan importantes retos para las familias que han perdido a un ser querido, y más especialmente si la pérdida se ha producido recientemente, y este es el primer año en el que se debe afrontar la celebración de la Navidad.

Empezamos un periodo en que se presentan diversas ocasiones en las que tradicionalmente las familias se juntan. Hijos que viven lejos “vuelven a casa por navidad”, y nos reencontraremos con familiares con los que no tenemos un trato diario. Pero este año tenemos una nueva invitada a la mesa: la ausencia; el vacío que ha dejado el ser querido que ya no está. Sin duda, una convidada que ha irrumpido en la celebración en contra de nuestra voluntad. La ausencia es silenciosa pero se hace muy presente y representa una implacable evidencia de la pérdida de nuestro ser querido. Ante ello, no es extraño que algunos miembros de la familia tengan un auténtico terror al abordaje de estas fiestas y que cada individuo se sienta atrapado en una situación que amenaza con desbordar los propios recursos emocionales. Hay distintas formas en las que una familia se enfrentan a ello, es decir, qué hacen y cómo lo hacen, que recursos ponen en marcha, cómo entienden lo que están sintiendo, para dar respuesta al evento al que se están enfrentando. La familia tendrá que hacer esfuerzos cognitivos y conductuales para manejar las necesidades propias y del resto de familiares, quizás con temor a no ser capaces de afrontarlas.

Es por ello que muchas familias optan por intentar ahorrarse el sufrimiento evitando compartir y reconocer la presencia de la ausencia. Actúan como si no hubiera ocurrido nada, desviando la mirada del lugar que ocupaba el fallecido en la mesa de Navidad. Es como si hubiera un elefante de color rosa en la habitación pero todo el mundo se comporta como si no lo percibieran. Esta es una reacción humanamente comprensible ya que el dolor es tan intenso que se intenta evitarlo a toda costa. Lo malo es que no hay lugar para la expresión del dolor;  es como si hubiera un pacto implícito según el cual nadie está autorizado a mostrar públicamente sus auténticas emociones. Sin duda, esto requiere un esfuerzo personal de autocontención que convierte la experiencia de la celebración navideña en algo todavía más doloroso. Otras formas de “evitar” al alcance de la mano en estas fechas, y que no van a ayudar en absoluto, pueden ser, por ejemplo, un consumo excesivo de alcohol (beber para olvidar), la ingesta desmesurada y las compras compulsivas. En definitiva, con este tipo de afrontamiento no se resuelve el problema y se pierde una oportunidad de oro para compartir el dolor de la ausencia con nuestros seres queridos.

Sin embargo otras familias optan por una estrategia de afrontamiento activa sobre la presencia de la ausencia. La persona fallecida no está, pero sigue presente en el recuerdo de todos. Los familiares han acordado qué hacer con el espacio vacío que hay en la mesa de la celebración de Navidad. Algunas colocan una vela encendida, o una fotografía, como símbolo de reconocimiento y respeto al fallecido. En ocasiones, hay familias que incluyen en el menú el plato preferido del fallecido a modo de homenaje. Hay quien prefiere hacer un brindis por la memoria de quién ya no está. Se trata de pequeños rituales que permiten compartir el dolor y expresar el vínculo afectivo que persiste con la persona que murió.

En este tipo de estrategia afrontamiento activo los familiares se dan permiso para hablar de cómo se sienten ante la ausencia, y entienden que es natural que en determinados momentos alguien necesite llorar o sentirse triste.

Otras familias reorganizan las funciones y los roles de sus miembros, tratando de encontrar una nueva forma de celebrar las navidades que resulte satisfactoria para todos sus miembros: quizás sea un buen momento para “pasar el testigo” generacional en la función de encargarse de la organización de la celebración navideña. Se trata de reinventar una nueva Navidad adaptando los rituales y costumbres navideños a la nueva situación.

No existe una forma mejor ni peor de afrontar las fiestas navideñas cuando se está en duelo. Cada familia debe encontrar una manera de organizarlas que haga sentir bien a todos sus miembros, consiguiendo que éstas no impliquen un dolor añadido al de la pérdida.  Es por ello que invito a todos aquellos que ya habéis vivido unas navidades en duelo a que compartáis en este blog aquellos pequeños rituales o recursos familiares que habéis puesto en marcha y que os han sido útiles. Quizás sean de gran ayuda para aquellas personas que afrontan sus primeras navidades sin los seres queridos que han perdido este año, que también quedan invitadas a compartir sus planes para estas Navidades.

Os deseo una Navidad serena, en compañía de los que compartís el sentimiento de dolor por la pérdida de vuestro ser querido.

La amenaza de desintegración de la familia tras la pérdida: un ejemplo público

Bowlby definió, en 1980, el duelo familiar como el “proceso familiar que se pone en marcha a raíz de la pérdida de uno de sus miembros”.  Sin duda, las familias ven alterado su funcionamiento habitual ante la crisis que implica la amenaza de pérdida y la propia muerte de uno de sus miembros. Si la familia tiene suficientes recursos reaccionará con un cambio adaptativo. Si carece de ellos, se enfrentará a dificultades que pueden implicar su desintegración.

Un ejemplo de ello se puede apreciar en la familia de una conocida cantante de nuestro país, que a principios de agosto del 2008 ingresó en el hospital por una ictericia no filiada. En un primer momento se consideró como una enfermedad crónica que se descartó a finales del mismo mes, confirmándose el diagnóstico de cáncer de páncreas. Sin tiempo para pensarlo, la paciente y parte de su familia se trasladó a Houston con la esperanza de encontrar un tratamiento que salvara su vida pero todos los esfuerzos resultaron insuficientes, perdiendo la vida casi dos años más tarde.

Por lo que podemos conocer de esta familia a través de los medios de comunicación, todo parece indicar que tenía una estructura matriarcal en la que la fallecida desarrollaba el rol principal. Con una personalidad tan arrolladora como su arte, fue el motor de los ingresos de la familia, y tejió una estructura profesional en la que su hermano ejerció las funciones de representante artístico, y la esposa de éste trabajó junto a ella como asistente personal de la máxima confianza. La hija de ambos, y sobrina de la cantante, fue educada para seguir los pasos artísticos de su tía. En el momento que la enfermedad irrumpe en esta familia, la artista estaba divorciada de su primer marido, con quién tuvo una hija a la que bautizó con su mismo nombre (quién sabe si con un deseo inconsciente de trascender a su propia existencia), y se había vuelto a casar de nuevo, adoptando dos hijos con su nuevo marido.

Siete años después de la desaparición de la cantante, el periodismo del corazón nos muestra un panorama familiar muy distinto:

El esposo de la artista sufrió un terrible accidente de circulación provocando la muerte de un ciudadano, presuntamente a causa de una conducta de riesgo que los tribunales no lograron demostrar. Durante el juicio, y siempre según informaciones aparecidas en la prensa, varios testigos le escucharon decir: “ojalá me hubiera muerto yo”. Nos podríamos preguntar si la presunta conducción temeraria respondía a un deseo inconsciente de reunirse con su amada.

Por lo que respecta a los hijos, la primogénita ha desaparecido del escenario público y parece que mantiene una cierta distancia respecto al resto de la familia. Los medios de comunicación refieren dificultades de relación del hijo adoptivo con su padre, así como una falta de definición en un proyecto personal evolutivo.

La cuñada ha experimentado una espectacular transformación, de modo que guarda un asombroso parecido con la fallecida tanto a nivel físico como en su lenguaje corporal. Para sorpresa de toda la familia ha pasado de ser la discreta asistente de la artista a desarrollar un rol profesional prestigioso, convirtiéndose en la que probablemente genera más ingresos de todos. Su hija, que un día estuvo predestinada a seguir los pasos de la tía, parece que no logra hacerse un hueco como cantante, aunque ha conseguido otro trabajo como comentarista de televisión.

El hermano, que a priori podía parecer quién gozaba de una mejor posición en la familia, lo ha perdido todo: Según se refiere en la prensa rosa, a pesar de haber recibido una importante herencia se encuentra aplastado por las deudas. Lógicamente ya no puede ser el representante de la cantante fallecida, y tampoco la de su propia hija, que ha decidido relevarle en esa función. Su matrimonio se ha roto en mil pedazos. Hace poco tiempo declaró: “Si mi hermana viviera, todo esto no hubiera ocurrido”. ¡Cuánta razón tiene!

Lamentablemente, su hermana no puede seguir viviendo, pero eso no es incompatible con encontrar un nuevo equilibrio que resulte satisfactorio para todos los miembros de la familia.  Para ello se hace necesaria una profunda reflexión en común de todos ellos sobre la estructura familiar, los vínculos afectivos, la evolución de los roles, la flexibilidad, los sistemas de comunicación intrafamiliares, las reglas familiares, normas, valores, los modos de resolución de conflictos, la no normatividad de la pérdida, el momento del ciclo vital familiar en que acontece la muerte, posibles secretos de familia, lealtades ocultas, etc… También podría resultar positivo para todos comprender  la manera en que cada uno ha rediseñado su nueva vida a partir de la pérdida, y de qué modo influye en la de los demás miembros de la familia.  Por supuesto no es tarea fácil. Quizás un terapeuta familiar hubiera resultado de gran ayuda para ello.

No quisiera terminar sin agradecer a esta familia su generosidad por mostrarnos públicamente su evolución, cosa que me permite ilustrar la amenaza a la que se ven sometidas las familias en su proceso de reorganización durante el duelo, así como expresar mi más profundo respeto por el sufrimiento que arrastran todos sus miembros desde la pérdida de su ser querido.

El testamento de Alí – Babá

Cuenta la leyenda que andaban errantes por el desierto los cuatro hijos de Alí-Babá, sumidos en la tristeza por la muerte de su padre, y sin saber cómo resolver un problema familiar: su testamento.

Alí-Babá tenía 39 camellos, y era su deseo dejar la mitad de su legado al primogénito, una cuarta parte sería para el segundo, la octava parte para el tercero, y la décima parte para el hijo menor. ¿Cómo podían hacer las cuentas con 39 camellos? Parecía imposible. Llegaron a discutir airadamente hasta cruzarse en su camino a un anciano beduino, famoso por su sabiduría, a quién decidieron consultar.

Éste les prestó momentáneamente su camello, de modo que pudieron proceder a hacer las cuentas: De un total de 40 camellos, la mitad, 20, serían para el hijo mayor. Para el segundo, al que le correspondía la cuarta parte, le quedaron 10 camellos. La octava parte para el tercero, es decir 5 camellos. Y al hijo menor le correspondieron 4, que es la décima parte de 40. En total sumaban 39 camellos, de modo que le pudieron devolver el suyo al anciano beduino.

 

Utilizo frecuentemente esta metáfora para ilustrar cómo debería ser cualquier relación de ayuda. En el momento que la familia solicita soporte al terapeuta, éste se integra en ella durante un tiempo para posibilitar el desbloqueo de dificultades emocionales. Una vez el grupo familiar ha podido avanzar, el terapeuta debe poder separarse de la familia (o de la persona en duelo) y dejarla marchar libremente para que pueda seguir su camino.

En referencia al soporte al duelo, no es infrecuente encontrar relaciones terapéuticas interminables, a veces enmascaradas bajo cursos de formación en duelo o talleres experienciales que se encadenan consecutivamente. Por supuesto que cada ser humano elabora sus pérdidas como le resulta posible, y que en virtud de la diversidad humana no hay un tiempo establecido para hacerlo. Se trata de un proceso emocional progresivo, con altibajos, y ante todo muy doloroso. Acostumbrarse a convivir con la ausencia de alguien querido no es tarea fácil, ni rápida. Pero todo ser humano tiene derecho a construir una nueva forma de vida que integre la ausencia del ser querido sin necesidad de depender eternamente de un soporte especializado. Respecto al terapeuta, es de esperar una actitud ética y honesta  que le debe llevar a proponer, como último objetivo terapéutico, un trabajo de anticipación del duelo por la finalización de la psicoterapia.

Por ello quizás sea una buena idea que la persona o familia en duelo y el profesional de soporte dediquen un tiempo para definir los objetivos terapéuticos y esbozar una temporalización al principio de la relación asistencial, y que puedan revisar periódicamente el camino que han avanzado juntos, así como el que todavía queda por recorrer.

El duelo en la familia

La consideración del duelo como un proceso personal ante la experiencia de pérdida es algo universalmente aceptado, pero a menudo olvidamos la importancia del impacto en la familia, entendida como un conjunto de relaciones. Quizás sea por ello que el soporte emocional especializado se suele centrar en los procesos individuales, sin prestar demasiada atención al camino que conducirá a la familia en la búsqueda de un nuevo funcionamiento sin su ser querido.

Las familias se comportan como sistemas en equilibrio constante. Incluso antes de la pérdida, cuando éstas perciben una potencial amenaza para la vida de uno de sus miembros, como lo puede ser la presencia de una enfermedad, empieza un proceso de adaptación a la situación y de anticipación del duelo. La familia se ve sometida al difícil dilema de invertir energía en cuidar a la persona enferma a la vez que aprender a separarse de ella; dar soporte a la dependencia del enfermo a la vez que respetar su autonomía; atender sus necesidades sin desatender las de la familia; decidir entre asumir roles del enfermo o bien esperar a que éste se haya ido; ir planeando el futuro versus sentir que se le traiciona si se empieza a asumir la vida en su ausencia. Sin duda, una situación nada fácil.

Una vez se ha producido la muerte, la familia deberá encontrar una nueva dinámica de funcionamiento que resulte satisfactoria para todos sus miembros, produciéndose cambios de roles, adaptaciones, y una redefinición de los patrones de relación entre los familiares.

Para apreciar el encadenado de influencias que influye en la red de relaciones de la familia tras una pérdida significativa se hace preciso adoptar una mirada global de la familia. El dolor que genera una pérdida afecta a la red de relaciones entre los miembros de la propia familia, y también a las que tienen con otras personas, incluso de generaciones posteriores que no conocieron al fallecido. Toda muerte implica un momento de crisis evolutiva familiar que si bien la mayoría de veces se gestiona de manera saludable, si no se resolviera satisfactoriamente podría desencadenar la presencia de sintomatología en alguno de sus miembros. No es de extrañar, atendiendo a la magnitud e intensidad de los afectos entre los miembros de una familia, que la adaptación a la pérdida por muerte sea considerada el más complejo de los cambios vitales.

La Terapia Familiar Sistémica propone un interesante paradigma para la comprensión de las relaciones familiares y aporta poderosas técnicas de intervención. Sin embargo han sido muy escasos los terapeutas que abordan el soporte al duelo desde esta perspectiva. Quizás sea por el rechazo de nuestra cultura a hablar de aquello que resulta doloroso.

Cuando, por poner un ejemplo, un miembro de la familia entra en un proceso de duelo patológico es muy posible que los demás estén tan preocupados por él o ella que dediquen todos sus esfuerzos emocionales a sostener y acompañar su sufrimiento, posponiendo sus propios procesos individuales. La situación ideal se da en las familias que logran ser capaces de elaborar un duelo familiar en el que las funciones y los roles de cada miembro son lo suficientemente flexibles como para poder sostener a los demás y saber dejarse ayudar al mismo tiempo.

En este blog os iré proponiendo diversas reflexiones sobre las implicaciones familiares del proceso de duelo. Espero que resulten de vuestro interés. Muchas gracias por leerme.

Un abrazo,

Enric Soler