Sobre la Culpabilidad (II)

(Debido a su extensión y con la única intención de facilitar su lectura dividí el presente artículo en dos entradas. La anterior entrada de fecha 18.09.16, corresponde con la primera parte de este artículo)

Cosas que debemos considerar y podemos hacer para enfrentar la culpabilidad

Debemos tener muy presente que no es una decisión que tomamos nosotros. Así pues, aun cuando podamos entender que su acto fuera causado por un estado de ánimo determinado,  a causa de una posible patología mental o física, esa es una decisión que no nos pertenece. Fue él o ella quien decidió suicidarse.

No entraré en la consideración de si esta es una decisión libre o no, porqué creo que en la mayor parte de los casos la conducta suicida todavía hoy supone un verdadero misterio. Podemos suponer,  todo parece apuntar a que en la mayoría de los casos es un acto fruto de la desesperación, de la convicción de que no hay camino desde la vida para resolver sus conflictos, pero también es cierto que otras personas en circunstancias semejantes no se suicidan. El suicidio es un acto individual, que forma parte de la conducta humana y que en muchas ocasiones desgraciadamente, no se puede evitar precisamente porque se produce por un acto voluntario y definitivo de la persona que lo acomete, se encuentre o no en un estado de claridad mental.

Para los que forman parte de su entorno, la cuestión es que una vez acometido el acto suicida con resultado de muerte, los familiares, las personas que la querían deberán gestionar esa decisión probablemente sin compartirla, y en un estado de profunda aflicción.

Posiblemente no podremos aceptar su decisión, con seguridad no la compartiremos, pero deberemos aprender a seguir nuestra vida, contemplando la existencia de esa persona en su totalidad, y no solo limitada por su final. Deberemos aceptar lo irreversible de su decisión y de las consecuencias para nuestra vida con una profunda generosidad para su recuerdo y para nosotros mismos.  

Para situar en el plano de la realidad nuestra implicación en su muerte, deberemos aceptar nuestra propia limitación para intervenir en la vida de otras personas. No somos dioses, no podemos anticipar la conducta de los demás, ni tenemos la capacidad de evitar determinados acontecimientos. No somos seres todopoderosos. No podemos obligar a ser felices a los demás por decreto. Las personas somos en último extremo responsables de nuestros actos. En esa parte íntima, intransferible que conforman nuestros pensamientos más profundos, nuestra identidad.

Podemos pensar que si hubiéramos insistido más a su médico para que lo medicara, o por el contrario si no lo hubiéramos controlado tanto… que deberíamos haber estado más con él o ella, que lo dejamos demasiado solo/sola, o que estábamos demasiado encima…. Todos esos escenarios de revisión de nuestra conducta que ya he mencionado serán obsesivos. Volveremos una y otra vez sobre lo que hicimos bien o lo que hicimos mal, sobre lo que deberíamos haber hecho de otra manera. El impacto de la conducta suicida nos somete a una situación de permanente inculpación. Pero lo cierto es que en la mayoría de los casos lo que hicimos, lo hicimos des del amor hacia esa persona.

En algunos casos la culpabilidad se deberá al sentimiento de liberación que experimentamos cuando la persona fallecida nos deja. Este proceso suele producirse cuando ha ido acompañado de una prolongada enfermedad que ha sometido a los familiares y personas próximas a una situación de largo sufrimiento: intentos repetidos de suicidio, enfermedades mentales graves…enfrentamientos constantes… El suicidio es visto entonces como una liberación que nos enfrenta a nuestro supuesto egoísmo por preferir la muerte de la persona querida, cuando en realidad es simplemente una resolución en la que nosotros no hemos intervenido… aun cuando en momentos de extremo desánimo hayamos fantaseado con ello.

Tal vez ahora sabemos que no lo hicimos todo bien, que nos equivocamos: aún en ese caso, normalmente nuestra conducta no era dolosa. No lo hicimos con la intención de perjudicar. No sabíamos más, no estábamos preparados para identificar o afrontar esas conductas, no estuvimos suficientemente atentos quizás…. Cada suicidio es diferente, cada persona lo es también. Deberemos aceptar que por lo que hace a esa persona que queríamos, no podremos hacer nada más, porqué su decisión establece un punto final también en nuestras vidas. Que a partir de ahora se explicarán por un antes y un después de su muerte.

Tendremos que aprender a perdonarnos y a perdonar a quien nos dejó.

Creo que la persona que se suicida deposita todos sus secretos en el corazón del superviviente, le sentencia a afrontar muchos sentimientos negativos y, es más, a obsesionarse con pensamientos relacionados con su papel, real o posible, a la hora de haber precipitado el acto suicida o de haber fracasado en evitarlo. Puede ser una carga muy pesada”. Cito muy a menudo estas palabras de Edwin Shneidman, porque me parecen muy esclarecedoras del escenario al que cualquiera que ha sufrido una pérdida por suicidio deberá enfrentarse.

 Corremos el riesgo de sentirnos “cómodos” con nuestra culpabilidad.

La recurrencia de los sentimientos de culpabilidad puede llegar a convertirse en una conducta que nos ligue al recuerdo de manera obsesiva. Puede ser que nos acomodemos en esa conducta, porque nos ofrece la falsa creencia de que es un modo correcto de recordar a la persona que hemos perdido. Podemos llegar a creer que “así” tenemos más presente nuestro vínculo con ella. Nos sentimos culpables y lo recordamos, lo lloramos y por tanto no lo olvidamos. En ocasiones, nos podemos sentir culpables simplemente por no haber pensado en esa persona durante un tiempo, o por haber sonreído, o habernos sentido felices durante un breve momento.

En realidad el recuerdo y la presencia de nuestro ser querido nada tiene que ver con sentirnos culpables. Muy al contrario, tiene que ver con nuestra propia capacidad de restablecer nuestra vida aceptando el vacío que esa persona ha dejado. Debemos reconstruir nuestra vida sin la presencia, sin la compañía de nuestro ser querido. No es reemplazable, nadie ocupará su  lugar, nadie ocupará ese vacío, pero podemos descubrir un nuevo territorio que la ausencia y el trabajo que hayamos hecho con nuestra pérdida nos permite reformular

La culpabilidad nos liga obsesivamente a su final trágico, pero nos aleja de la posibilidad de convivir con su recuerdo desde la serenidad y la comprensión de su existencia conteniendo lo bueno y lo malo que toda vida conlleva. Nos condena a juzgar su vida y la nuestra solo desde un punto de vista instalado en lo negativo, favoreciendo un retrato incompleto e injusto que no nos permite avanzar y que encapsula a quien perdimos en su condición de suicida, cuando su vida sin duda contiene multitud de facetas distintas.

Cuando el tiempo de la pérdida transcurra y nuestro dolor no sea tan intenso, empezaremos a respirar sin pesar nuevamente, a entrar en contacto con otras personas, sin que la tristeza nos inmovilice.  Eso no es malo, no estamos obrando mal. Simplemente el paso del tiempo nos ayuda a procesar todo lo que hemos sufrido. Nuestra propia vida se abre camino entre la pesadumbre y el abatimiento que nos ha invadido.

No hubiéramos querido realizar este trayecto, no era nuestro deseo, pero no podemos evitar que nos pasen cosas negativas a nosotros ni tampoco a las personas que queremos. A partir de esta evidencia nuestro futuro todavía está por escribir. Nos costará un esfuerzo terrible restaurar la confianza en el porvenir, en la vida que creíamos llevar y que un mal día se torció. Podemos decidir seguir aferrados a la culpabilidad y los sentimientos negativos, o podemos intentar recorrer el camino generoso del perdón y el afecto junto a las personas que nos rodean, y que viven también apenadas por esa pérdida.

Podemos quedarnos en ese lugar oscuro y terrible que nos aguarda en nuestros peores momentos, o empezar a caminar pidiendo ayuda, buscando el contacto con otras personas con quien compartir todo ese amor que ahora no tenemos a quien dar.

Haciendo todo esto no olvidaremos nada ni a nadie, pero concederemos a ese recuerdo la luz que merece en nuestro pensamiento y en el de todas las personas que lo conocieron.

De esa decisión somos solo nosotros responsables, como lo fueron ellos de la suya.

Sobre la Culpabilidad (I)

(Debido a su extensión y con la única intención de facilitar su lectura he dividido el presente artículo en dos entradas. En breve procederé a la publicación de la segunda entrega)

Si hablamos de un sentimiento que aparece asociado al estado de ánimo de una persona que ha sufrido la pérdida de un ser querido a causa del suicidio, este suele ser la culpabilidad. No ocurre en todos los casos, pero en la mayoría de personas los sentimientos de culpabilidad al respecto de su responsabilidad en relación a esa muerte son muy frecuentes.

El suicidio, en su condición de muerte causada por uno mismo, provoca en el entorno más próximo de la persona fallecida una sensación de fracaso, sin haber sido capaces de acompañarla; de haberla abandonado a su suerte; de no haber sabido evitar ese desenlace; de no haber comprendido las causas profundas de su estado de ánimo. Estas sensaciones nos perturban profundamente y son causa de que nuestro proceso de duelo sea de una mayor intensidad y posiblemente más prolongado en el tiempo.

Contra mayor sea el vínculo afectivo entre nosotros y la persona que muere a causa del suicidio este proceso tendrá mayor gravedad, será mucho más intenso, por ejemplo padres y madres que han perdido a su hija/hijo o en el caso contrario hijos/hijas que han perdido a su madre o padre.

La culpabilidad no es el único sentimiento que nos invade ante una pérdida por suicidio: la ira, la vergüenza, la indignación, la incredulidad, la tristeza intensísima, también suelen acompañarnos , pero en este artículo haré referencia a este en concreto, pues su intensidad y recurrencia puede ser tan dañina que debemos prepararnos para afrontarlo y trabajar sobre esos pensamientos y emociones a fin de poder reconducir nuestra vida tras sufrir un fallecimiento tan doloroso.

Las preguntas sin respuesta

A nuestra pérdida, al dolor y profundo desconsuelo que la va acompañar,  a veces deberemos sumar tristemente, una posible culpa social que se añade en el caso del suicidio a las personas de su entorno más próximo. Socialmente el suicidio es percibido como algo que nos amenaza, que cuestiona el valor establecido de la preservación de la vida a toda costa. Pone en cuestión nuestra sensación de seguridad y estabilidad. Por este mismo motivo, las personas del entorno de la que muere por esta causa, son en ocasiones considerados responsables al no haber sido capaces de reconducir esa conducta y haberla evitado. A menudo nos encontramos con personas que nos preguntan ¿Pero es que nos os disteis cuenta?; o  ¿Si lo sabíais, como es posible que no hicierais nada?

Lo cierto es que las pérdidas por suicidio están cargadas de preguntas sin respuesta: ¿Por qué no me di cuenta? ¿Cómo puede ser que no estuviera más atenta/to? ¿Qué es lo que hice mal? ¿Dónde fallé? ¿Dónde fallaron los otros? ¿Por qué me hizo esto? ¿Es que no me quería? ¿Tan enfadado/da estaba conmigo que no pudo aguantar? ¿Y si…. Hubiera hecho esto en vez de aquello?  ¿Y si… él o ella hubiera hecho lo contrario?

Infinitas preguntas que nos formulamos a nosotros mismos o que lanzamos hacia la persona que ya no está con nosotros nos perseguirán a lo largo del tiempo. El proceso de duelo que iniciamos ante un suicidio, produce una revisión constante y obsesiva de los actos y acciones precedentes a la muerte de nuestro ser querido.

No hay duelos distintos pero sí distintas intensidades de duelo según sus particularidades

Debemos tener en cuenta que hemos sufrido una pérdida que va a someternos a estados equiparables al shock postraumático. Nuestra vida ya no será la misma y deberemos hacer un trabajo muy importante para reconducir todos esos sentimientos y dolor que nos ha causado.

Hay que recordar que la pérdida por suicidio, es un factor de riesgo elevado de que aparezca un proceso de duelo complicado y trastornos psicológicos relacionados con esta causa (Barreto y Soler 2007). En muchas ocasiones vamos a necesitar apoyo psicoterapéutico especializado en estas cuestiones. Desgraciadamente en la red pública de Sanidad no se contempla la atención a las personas que han sufrido una pérdida de estas características, pero hay que reclamar este soporte, pues sin duda en muchas ocasiones se hace indispensable para poder sobrellevar el duelo.

Igualmente recuerdo que en estas líneas no se pretende establecer que el duelo por suicidio es  diferente a otros tipos de duelo. Toda pérdida de un ser querido implica procesos parecidos de adaptación y buena parte de ellos son completamente normales y previsibles. Ahora bien, el proceso de reconstrucción de significados y roles que supone cualquier proceso de duelo, en el caso del suicido, lo sitúan en un espectro de mayor gravedad, por lo que hace a sus  repercusiones personales, familiares y sociales, tal y como han señalado numerosos especialistas en pérdidas, como W.Worden o R. Neimeyer.

La percepción individual sobre la pérdida

Para poder sobrellevar toda la carga emocional que una pérdida como la del suicidio supone, destaco algunas cuestiones que nos ayudarán a comprender como vivimos de manera individual estos procesos.

El duelo no es un proceso objetivo. Aunque lo compartimos con las personas que nos son próximas, lo vivimos de distinta manera dependiendo de nuestra edad, experiencias, género,  y formas de ver la vida. No todos vamos a seguir las mismas etapas, ni lo sentiremos del mismo modo. Dentro de la familia, en el mismo seno de una pareja, los tiempos pueden ser diferentes, las formas de recordar, de mencionar o no a la persona fallecida, por lo que la convivencia de estos procesos puede ser un elemento que nos ayude a progresar en nuestro estado de ánimo o por el contrario que se convierta en un verdadero obstáculo.

Es común y habitual pensar que las demás personas de nuestro entorno no “sienten tanto” como nosotros la pérdida. En realidad se calcula que entre el núcleo familiar y la red de amistades de una persona que se suicida, alrededor de diez personas quedan profundamente afectadas por esa pérdida. La pérdida es compartida, todos perdemos a esa persona, aunque no lo viviremos ni lo sentiremos del mismo modo.

El profundo impacto que nos causa la pérdida por suicido, supone en el entorno familiar un verdadero reto para todos, y especialmente para las personas jóvenes o niños y niñas.  Su proceso de construcción de la identidad se verá amenazado si no somos capaces de realizar  todo el trabajo que requiere afrontar una pérdida de estas características. Es muy importante buscar asesoramiento si no sabemos cómo tratar el suicidio con los menores de la familia. Ellos expresaran sus sentimientos con naturalidad en el caso de los más pequeños, y tal vez con silencio y distanciamiento en el caso de los adolescentes. La sinceridad, la paciencia y la seguridad de que su atención está garantizada, serán factores que nos ayudarán en esta situación.  En artículos futuros espero poder tratar con más detalle este asunto que tanto nos preocupa

Las pérdidas traumáticas nos sitúan ante la evidencia de la fragilidad de nuestro mundo. Acostumbramos a vivir con la falsa sensación de que nuestro mundo es estable, que no vamos a sufrir tragedias. El suicidio, como otras pérdidas traumáticas tales como los accidentes o los actos violentos nos hacen perder la sensación de control y seguridad que tanto nos ayuda en nuestro día a día para seguir con nuestras vidas de forma serena y positiva. La muerte violenta invalida la reconfortante creencia de que estamos protegidos de la violencia y la crueldad ( Rynerason, 1986).

Antes de juzgarnos con severidad al respecto de nuestra responsabilidad en relación a la muerte por suicidio de nuestro ser querido, es importante que hagamos un esfuerzo por tener presentes estas consideraciones, pues la vida nos ha situado ante una tarea que no será en absoluto fácil. 

(Nota: Debido a su extensión y con la única intención de facilitar su lectura he dividido el presente artículo en dos entradas. En breve procederé a la publicación de la segunda entrega)

Los duelos o el duelo

Hace ya algunos meses una lectora del blog, me hacía el siguiente comentario: “Yo he sufrido este tipo de pérdida de mi hijo. Fui a grupo de duelo y luego estuve unos años de voluntaria en el grupo. Puedo deciros que no he observado en ningún caso que el duelo por suicidio fuera diferente de los otros. Sí es verdad, todos esos procesos que se citan, se viven, pero en todos los Duelos. Has perdido a un ser muy querido y eso te hunde en el pozo más profundo. Es la pérdida lo que duele no la forma. Hablo en términos generales claro.”

El comentario se producía en la entrada titulada Darnos permiso referida a cómo podemos gestionar una pérdida a medida que pasa el tiempo, especialmente durante los primeros meses. Todo lo que describía en aquella entrada era aplicable a los procesos de pérdida, por lo que coincido en ese sentido con la opinión de esta lectora y me alegra que en su caso, la pérdida le sirviera para iniciar un camino de dedicación a otras personas que también acudían a grupos de duelo. Su testimonio tiene muchos indicadores positivos: un duelo que se sitúa en condiciones de “normalidad”, la pérdida nos duele por el afecto y los vínculos emocionales que compartimos con quien ha muerto, y la causa de la muerte es un elemento que es circunstancial, pero que no “marca” nuestro proceso, nos dice esta lectora. Seguro que su testimonio ayudó a las personas que acudieron a su grupo por una pérdida por suicidio.

Dicho esto, debo matizar la afirmación de que la causa de la muerte no tiene relevancia, o que podamos juzgar determinados fenómenos estrictamente según nuestra experiencia. Lo digo con todo el respeto hacia las personas que voluntariamente dedican su tiempo a atender grupos de duelo o que se han implicado en la atención a personas que han perdido a alguna persona querida.

Los procesos de duelo son una vivencia individual, no existe una regla general, aunque pueda parecerlo

Cuando sufrimos una pérdida sea del tipo que sea, el proceso de duelo que iniciamos, de adaptación a un nuevo escenario donde ya no está alguien, suele ser parecido, es cierto. Esta situación no se produce solo por la muerte de una persona sino también cuando sufrimos una separación; puede producirse hasta cuando perdemos el trabajo, o debemos emigrar a un lugar lejano sin desearlo. Estos procesos de adaptación son parecidos en todos los casos en sus características más generales, pero no podemos ignorar que cuando se trata de muertes no debidas a causas naturales: sean accidentes, asesinatos, situaciones bélicas…, los trastornos que sufren las personas del entorno más próximo tienen un riesgo mucho mayor de sufrir complicaciones graves, o evoluciones de duelo no favorables, lo que se ha acordado llamar Duelo Complicado.

Cuando el dolor no desaparece después de mucho tiempo, diversos años, o no podemos recuperar nuestra vida normal a causa de la tristeza que sentimos, hablamos de duelo complicado. Este tipo de duelo puede producirse a causa de cualquier tipo de pérdida. Sin embargo se produce en mayor grado en aquellos casos en que las circunstancias de la muerte son violentas, muy especialmente en los casos de suicidio.

Debemos tener en cuenta que las pérdidas afectan a cada persona de un modo distinto, aunque podamos hablar de rasgos comunes. Podríamos decir que dependiendo de nuestro carácter y de nuestras experiencias previas, las situaciones de pérdida pueden afectarnos más o menos. Nuestra capacidad de enfrentar hechos vitales dolorosos quedará condicionada por la gravedad de la pérdida, sus circunstancias particulares y nuestra propia personalidad. ( Holland, Neimeyer, Omega)[i]

Sin embargo, cuando acudimos a un grupo de duelo, debemos tener muy presente que hay un regla: todas las pérdidas son iguales, o mejor dicho, ninguna pérdida debe ser tratada sin concederle al doliente la posibilidad de considerarla como substancial en la dinámica del grupo.  Ciertamente, pues nadie puede medir el dolor que sufrimos cada uno al perder un ser querido. Pero en el trabajo del grupo debemos evitar que las personas tiendan a adoptar actitudes de “pero yo más”, tan comprensibles cuando acudimos postrados por el dolor. La tarea de las personas responsables de un grupo de duelo es crear espacios donde todos los miembros del grupo puedan expresar y reconducir las emociones que produce su pérdida.

Ahora bien, también es muy importante no convertir esa regla en una ley inflexible que “anula” la posibilidad de reconocer que hay escenarios de pérdida mucho más complicados de resolver que otros.

Por mucho que queramos a nuestros padres, a una determinada edad ellos nos abandonarán por una ley biológica natural y es habitual que los despidamos con dolor, pero comprendiendo que el proceso de la vida tiene ese desarrollo. Si nuestra relación era buena y la salud lo ha permitido, habremos podido prepararnos con tiempo suficiente para que nuestro duelo posterior pueda evolucionar en un tiempo razonable.

Si por el contrario es nuestro hijo quien muere antes que nosotros, o nuestra pareja a una edad no habitual, si es a causa de una enfermedad súbita, de un accidente grave, o por causas violentas, creo que todos estaremos de acuerdo en que el escenario de postración y dolor que restará entre sus allegados es de mayor dramatismo. Así pues, aunque el proceso de duelo será similar al de cualquier persona que ha perdido a un ser querido, es muy posible que en ese proceso se invierta mayor tiempo, sea más difícil, tenga consecuencias o desarrollos de mayor complejidad.

Las circunstancias de la muerte pueden influir seriamente en nuestro proceso de duelo

El afecto que sentimos por nuestros familiares, por las personas que perdemos, nada tiene que ver con las causas de su muerte, desde luego. Pero las circunstancias de la muerte Si tienen que ver con los procesos de duelo. Que las personas reaccionamos de maneras muy distintas, que algunos sean tan fuertes que puedan soportar cualquier circunstancia, no quiere decir en ningún caso que eso sea la regla general.

Si desde este blog hablo del duelo por suicidio específicamente, si fundamos una asociación con ese objetivo, no es con la intención de pretender destacarnos con respecto a ningún otro duelo. No hay desde luego una intención sectaria, sino más bien, el deseo de normalizar una situación que en nuestro día a día no es planteada con normalidad. No creo que para muchas personas sea igual de fácil hablar de que su marido, esposa, hijo o hija, padre o madre murió a causa de una enfermedad, que si lo hizo a causa del suicidio. Estoy convencido que no es lo mismo, y precisamente por ese motivo creo que debemos hablar de sus características.

A nuestra asociación acuden muchas personas, todas ellas han perdido a alguien a causa del suicidio; intentamos hablar con todas ellas personalmente, aunque no todas puedan asistir a un grupo de duelo por falta de recursos en nuestra asociación, o posibilidades geográficas. Son muchas las que nos manifiestan su incapacidad de hablar del suicidio de su familiar. Algunas reconocen haber asistido a grupos de duelo y no haber sido capaces de declarar la causa real de la muerte. En algunos casos, los familiares más próximos ocultan al resto de familiares las causas reales de la muerte. En otros, el silencio que extiende la familia sobre la muerte por suicidio perturba a los más íntimos gravemente, pues no pueden ni hablar de su pérdida en su entorno. ¿A la vista de todos estos casos podríamos afirmar que cualquier duelo es igual?

La elaboración de pérdidas en circunstancias inhabituales

W. Worden habla de la elaboración de tipos especiales de pérdidas refiriéndose a la muerte súbita, la muerte súbita infantil, las pérdidas por aborto, las muertes perinatales, las pérdidas por enfermedades estigmatizadas como el sida, las muertes múltiples entre otras, destacando también la muerte por suicidio. En todas ellas refiere que será necesaria una comprensión adicional del proceso y modificaciones en las intervenciones terapéuticas que se puedan llevar a cabo.

En su trabajo más conocido en España, El tratamiento del duelo: asesoramiento psicológico y terapia, cita a Richard Mc. Gee, director de un centro de prevención de suicidios en Florida quien afirma: “el suicidio es la crisis de duelo más difícil que ha de afrontar y resolver cualquier familia.”

Neimeyer, Shneideman entre otros autores destacados en esta materia, hacen hincapié en los sentimientos de culpa del entorno más próximo a una persona que ha muerto a causa del suicidio, como un elemento habitual de estas muertes, que debe trabajarse a fondo. Barreto y Soler (2007) hacen referencia específica a que “toda muerte por suicidio ya de por sí es un factor de riesgo de aparición de duelo complicado y debería tener una oferta de apoyo psicoterapéutico por psicólogos formados en estas cuestiones”.

La causa de la muerte (por voluntad propia); los procesos con respecto al entorno social (vergüenza, estigmatización); las consecuencias que causa en la dinámica familiar (crisis profunda, silencio);  la aparición de sentimientos de culpabilidad, de incomprensión profunda en el entorno más próximo de la pérdida, son elementos que se deben tener en cuenta cuando acogemos a una persona que ha perdido a un ser querido por causa del suicidio.

Las personas que nos dedicamos a la atención de personas en duelo tenemos un reto con respecto a las situaciones de duelo más trágicas, que es preguntarnos si somos capaces de acoger correctamente esas experiencias de pérdida.  Sería muy conveniente conocer los recursos existentes y valorar en cada caso particular si debemos aconsejar una atención más específica, pues aunque nos podamos cuestionar si existen diferencias específicas entre el duelo por suicidio y otras causas (Jordan 2001), los dolientes perciben esta diferencia en su estado de ánimo profundamente. No es tan importante lo que nosotros creamos de buena fe, o nos parezca, como aquello que debemos conocer sobre este tipo de muertes y los procesos de duelo que pueden generar.



[i] Técnicas Terapéuticas ante la Pérdida:Los Métodos Narrativos de Asesoramiento a las Personas en Duelo. Robert A. Neimeyer, Ph.D. Department of Psychology The University of Memphis Memphis,

V Congreso Nacional de Psicoterapias Cognitivas.

Terapias Cognitivas: aportaciones y retos ante una sociedad cambiante.

Universidad Pontificia de Comillas, Madrid,14–‐16 de novembre de 2013

 

LOS MITOS Y LAS CREENCIAS EQUIVOCADAS AL RESPECTO DEL SUICIDIO (II)

Hace ya algunas semanas que presenté la primera parte de este tema. Concluyo hoy con esta segunda entrega la enumeración de los mitos alrededor del suicidio más destacables. Quiero agradecer las palabras de ánimo de muchas personas que han perdido a un ser querido por causa del suicidio y que me confirman la necesidad de hablar y divulgar conceptos básicos sobre esta conducta en contra del criterio general que parece aconsejar, todavía hoy, que siga oculto y bajo una sombra de silencio y culpa.

 Por el contrario, nosotros somos de la opinión, avalada por los organismos más destacados del mundo de la Salud mental y de la Prevención del suicidio, que debemos romper con esas creencias y reivindicar el conocimiento de esta conducta, para mejorar la atención a las personas que la sufren y  hacer lo posible para evitar así que muchas vidas se malogren.

Vuelvo a insistir otra vez en la disculpa que ya hice reproduciendo literalmente el párrafo de la anterior entrega:

Una disculpa para todas aquellas personas que lean este artículo y hayan sufrido una pérdida por esta causa. De algunas de estas informaciones se puede desprender que no se supo interpretar las indicaciones que la persona dio antes de cometer el suicidio. Podríamos llegar a la conclusión que no estuvimos suficiente atentos a las indicaciones que esa persona nos pudo dar. Nada más lejos de mi intención. Por regla general, nada sabemos de estos indicadores antes de que sucedan, pues no existe una pedagogía sobre la prevención del suicidio, en ocasiones ni los mismos profesionales de la salud mental los conocen, a veces ni tan siquiera disponen de los protocolos mínimos para contener estas situaciones.

Por desgracia una buena parte de estos conocimientos los descubrimos demasiado tarde para saber si podríamos haberlos utilizado para evitar su muerte, o a pesar de conocerlos, no la pudimos evitar finalmente. No debemos olvidar que no lo decidimos nosotros. Nadie es la única influencia en la vida de otra persona[i]. No somos dioses, no poseemos la capacidad de evitar todas las cosas, ni todos los actos de los demás.

Aquello que no es cierto sobre el suicidio (II)

 No es cierto que quien habla de sus intenciones suicidas no las llevará a cabo.

Se estima que alrededor del 75% de las personas que consuman un suicidio hicieron alguna advertencia antes de llevar a cabo la acción[ii]. A veces de manera confusa, otras de manera explícita, la mayor parte de las personas que anuncian sus intenciones de manera verbal o con su conducta, están en algún punto de la cadena de comportamientos que comienzan con la ideación suicida, siguen con la planeación concreta y pueden concluir con la consumación de esa idea.

En muchas ocasiones se tiende a infravalorar esas advertencias, interpretándolas como intentos de manipulación de las personas próximas, chantajes o simplemente amenazas, cuando en realidad se deberían entender por regla general como peticiones de ayuda. Parece más recomendable explorar esas manifestaciones, preguntar sobre qué es lo que se quiere decir cuando se hacen esas afirmaciones y recurrir a profesionales que puedan establecer claramente la gravedad de esos pensamientos.

No es correcto por tanto afirmar que si se le reta, una persona con impulsos suicidas no lo realizará.

Infravalorar estas afirmaciones lo que interpretamos como amenazas o intentos de chantaje, ridiculizarlas, no es nada recomendable en esas situaciones. La vulnerabilidad de una persona en este estado es máxima, cualquier acción interpretada como rechazo (aun no siendo nuestra intención) puede reforzar su propia conducta de autoagresión.

No es cierto igualmente suponer que quien realmente se quiere suicidar no lo dirá.

Como hemos visto esto contribuye a infravalorar las peticiones de auxilio que de manera más o menos consciente, hacen las personas que se encuentran en esa situación.

No es correcto asociar cobardía o valentía a las personas que mueren a causa del suicidio o hacen una tentativa.

El suicidio no es cuestión de ser cobarde y así pretender huir de determinados problemas, como  se tiende a dar a entender de manera simplista. Las personas que mueren a causa del suicidio, como ya se ha señalado, sufren profundamente[iii]. Es a partir de ese sufrimiento que consideran la muerte como una solución a su situación vital. Asociando este comportamiento a una cualidad negativa de las personas, se contribuye a menospreciar esas conductas y a facilitar su ocultamiento por parte de quien sufre esos impulsos.

De igual manera, atribuir valentía por “atreverse” a tomar este tipo de decisiones, asocia un valor que socialmente suponemos positivo. Muchas veces creemos que con eso “reconocemos” en la persona que perdimos una característica que lo honra, “debió ser muy valiente…”, sin embargo al hacer este tipo de afirmaciones podemos reforzar una conducta que parece ser considerada como digna de imitar, o que merece ser poseída, como es el valor en determinadas circunstancias.

Tal y como señala Pérez Barrero[iv], no debemos aceptar que la cobardía o valentía de las personas se cuantifique por el número de veces que alguien pretenda quitarse la vida o la respete.

No es correcto pensar que sólo los profesionales de la salud mental pueden tratar con personas que tienen ideas suicidas o que están a punto de realizar un intento.

Ya hemos señalado que gran parte de las personas que tienen estas conductas sufren alguna enfermedad mental. A pesar de ello, debemos trabajar en la idea ya indicada que las personas con tendencias suicidas sienten una enorme ambivalencia en sus pensamientos relativos a la muerte. Está demostrado que hablar y razonar sobre esos pensamientos con la persona que los sufre contribuye a reforzar ideas positivas que le pueden alejar de esos impulsos.

Ofrecer distintos puntos de vista que ofrezcan otras soluciones, otras salidas puede ser una posibilidad real de que esa persona reconsidere sus planteamientos de suicidio.

El sentido común, el afecto, la empatía no son monopolio de ningún colectivo. En las circunstancias que acabamos de señalar cualquier persona que sea capaz de no perder la calma y que conecte con ella puede facilitar que esa persona aplace su decisión y considere hablar más de su situación.

No es cierto, por tanto, creer que hablar del suicidio de manera razonada pueda incitar a alguien a hacerlo.

La suposición de que hablando del suicidio alguien puede reaccionar con una conducta suicida, vuelve a alimentar la falsa idea de que no se puede hacer nada para ayudar a una persona que sufre estos impulsos. Debemos reiterar la evidencia de que ofrecer razonamientos positivos y favorables a la vida, permite la visión alternativa de la situación.

No es correcto suponer que el suicidio afecta a una determinada clase social.

Las personas que mueren a causa del suicidio se encuentran en todas las escalas sociales. El suicidio es una conducta humana que se presenta en países subdesarrollados, desarrollados,  y en cualquier clase de régimen político. Parece que estadísticamente se produce en mayor proporción en los países desarrollados, pero su condición multifactorial hace que afecte a todo tipo de personas, pobres y ricas, en prácticamente todos los lugares del mundo.

Se tiende a asociar, por ejemplo, crisis económica con suicidio, ignorando que el suicidio es una evidencia constante a lo largo de los años, con crisis o sin ellas. Las dificultades económicas, el deterioro de la calidad del trabajo, de las condiciones de vida, parecen agravar el número de suicidios y tentativas, pero esas interpretaciones tan reduccionistas, contribuyen a favorecer que cuando esas condiciones mejoran se piense que no es necesario seguir con la prevención y la atención a los supervivientes, y desgraciadamente deje de ser noticia de interés.

El suicidio no puede ser una excusa para hablar de la cara más trágica de la crisis, es en sí mismo un grave problema de salud, tal y como señala desde hace años la OMS [v]. Sus consecuencias son sociales, económicas, psicológicas y debe abordarse por parte de los gobiernos y los medios de comunicación con toda la gravedad que nos indica que cada 41[vi]segundos una persona muere por suicidio en el mundo.

No es cierto suponer que los medios de comunicación no pueden contribuir a la prevención del suicidio.

Ya hemos indicado en algún punto anterior que hablar del suicidio no supone incitar esa conducta. Del mismo modo, la información razonada y con una correcta orientación pedagógica sobre una conducta que supone centenares de muertes en nuestro país tampoco puede suponerlo. Por otro lado, si siguiéramos ese razonamiento deberíamos preguntarnos por qué se ofrece información sobre accidentes de tráfico o sobre violencia de género.

Rechazamos los tratamientos sensacionalistas que sólo abundan en los detalles más trágicos, con el único afán del beneficio económico y la audiencia, y que suponen añadir sufrimiento a los seres queridos de la persona que se ha suicidado.

Los medios de comunicación pueden ser un instrumento valioso de prevención si al informar sobre esta conducta divulgan algunos conceptos básicos para mejor conocimiento del público en general sobre los signos de alarma de una crisis suicida; los lugares y contactos a que acudir si se sufren esas ideas o impulsos y los grupos y conductas de riesgo.

Un reconocimiento. 

Quiero expresar mi agradecimiento a Santiago Durán, psiquiatra en la unidad de prevención del suicidio de l’Hospital de Sant Pau por su amabilidad en leer este documento y por realizarme sugerencias sobre su contenido, como siempre dispuesto a colaborar con cualquier iniciativa de nuestra asociación y trabajar en primera línea con las personas en riesgo de suicidio.


[i] Suicide and its Aftermath: Understanding and Counseling the Survivors (El suicidio y sus secuelas: comprender y asesorar a los sobrevivientes) Edward Dunne, John McIntosh, y Karen Dunne-Maxim (Eds.), W.W. Norton y Compañía, 1987

[ii] E.Stengel Psicología del suicidio y de los intentos suicidas Horme ediciones 1987

[iii]Ver Los mitos y creencias equivococadas al respecto del suicido (I), en este mismo blog.

[iv] Pérez Barrero, SA. El suicidio, comportamiento y prevención. Santiago de Cuba: Ed. Oriente, 1996.

[v] OMS 2014: Prevenir el suicidio: un imperativo legal.

[vi] Fuente: American Foundation for suicide prevention.

Los mitos y las creencias equivocadas al respecto del suicidio (I)

Al adentrarse en la terrible experiencia de la pérdida por suicidio, descubrimos con disgusto como muchas de las ideas que nosotros mismos teníamos al respecto de esta situación no se corresponden con la realidad, con la forma en que hemos vivido esta tragedia.

A pesar de los ingentes estudios sobre el suicidio y las personas que mueren por esta causa, el propio mundo de la salud mental y sus profesionales, la sociedad en general, sufrimos tan gran ignorancia sobre este fenómeno que hemos llenado ese vacío con una enorme cantidad de prejuicios, ideas preconcebidas y medias verdades para intentar explicarnos su perturbadora evidencia.

No nos debe extrañar que sea así, pues el suicidio supone todavía hoy, una frontera ética, social y científica que nos presenta enormes interrogantes y nos interpela profundamente: a pesar de todo lo que hemos aprendido sobre la mente humana, seguimos sin encontrar métodos de ayuda definitivos para evitar que se produzca.

A un nivel mucho más primario y elemental es un desafío para nuestra programación psicológica y genética de preservar la vida y prolongarla. Sin duda alguna esta profunda contradicción entre aquello que como especie se encuentra inscrito genéticamente y su transgresión más definitiva, quitarse la vida, ha contribuido a que el suicidio sea un tabú social, facilitando así que las explicaciones sobre este comportamiento adopten un carácter simplista y de menosprecio, un probable mecanismo de defensa ante aquello que no alcanzamos a comprender y que nos atemoriza profundamente.

Somos testimonio vivo de muchos de esos prejuicios en el trato con otras personas que a veces ni se atreven a hablarnos, del vacío que sufrimos en comunidades pequeñas, del silencio condenatorio al respecto de la sospechas sobre nuestra posible contribución por acción u omisión en el suicidio de nuestro ser querido, de la etiquetas al respecto de quien se suicidó, del silencio social que cubre esta muerte, de la falta de políticas de prevención que entiendan el suicidio como un problema de salud más, también de la falta de ayudas de todo tipo para las personas que sufren esta pérdida

Por este motivo inicio con esta primera entrega una breve serie de entradas con el fin de enumerar los prejuicios o mitos más habituales cuando hablamos de suicidio. Vienen en mi ayuda numerosos profesionales que ya han reflexionado antes sobre este asunto, entre los cuales debo destacar el psiquiatra cubano Sergio A. Pérez Barrero[i]que publicó hace ya algunos años en decálogo muy extenso sobre esta cuestión. Igualmente se recogían más sintéticamente parecidas recomendaciones en un documento de la OMS (2000)[ii], y que posteriormente han ido incorporándose en buena parte de documentos informativos sobre salud mental y suicidio[iii].  Quede todo el mérito para las personas y organismos que han abierto esta brecha en un silencio tan profundo.

Todo y que he utilizado estos documentos como base para redactar este artículo, asumo la redacción definitiva, pues he añadido razonamientos y argumentaciones propias que no tienen por qué suscribir.

Una disculpa para todas aquellas personas que lean este artículo y hayan sufrido una pérdida por esta causa. De algunas de estas informaciones se puede desprender que no se supo interpretar las indicaciones que la persona dio antes de cometer el suicidio. Podríamos llegar a la conclusión que no estuvimos suficiente atentos a las indicaciones que esa persona nos pudo dar. Nada más lejos de mi intención. Por regla general, nada sabemos de estos indicadores antes de que sucedan, pues no existe una pedagogía sobre la prevención del suicidio, en ocasiones ni lo mismos profesionales de la salud mental los conocen, a veces ni tan siquiera disponen de los protocolos mínimos para contener estas situaciones.

Por desgracia una buena parte de estos conocimientos los descubrimos demasiado tarde para saber si podríamos haberlos utilizado para evitar su muerte, o a pesar de conocerlos, no la pudimos evitar finalmente. No debemos olvidar que no lo decidimos nosotros. Nadie es la única influencia en la vida de otra persona[iv]. No somos dioses, no poseemos la capacidad de evitar todas las cosas, ni todos los actos de los demás.

Aquello que no es cierto sobre el suicidio                                                                         

No es cierto que todas las personas que mueren por suicidio o lo intentan sufran una enfermedad mental.

Ni todas las personas que sufren una enfermedad mental intentarán suicidarse, ni todas las personas que mueren a causa del suicidio son enfermos mentales. Es cierto que las personas que sufren enfermedades mentales mueren a causa del suicidio en una proporción mucho mayor que la población en general, la proporción de suicidio consumado asociado a trastorno mental es alrededor del 80-90% (depresiones, esquizofrenias, trastornos de personalidad, síndromes drogodependientes, alcoholismo pueden ser factores que favorecen la aparición de tendencias suicidas), pero la cuestión que parece ser común en el suicidio es la existencia de un gran sufrimiento emocional. Toda persona que muere a causa del suicidio es una persona que sufre enormemente. Es ese dolor extremo el que le conduce a pensar que la única solución es la muerte.

No es cierto que el suicidio sea hereditario.

No existe demostración científica de que el suicidio se herede. No estamos hablando de una enfermedad congénita ni hereditaria, y la simple formulación de este supuesto es una ofensa a todas las personas que han perdido a un ser querido por suicidio, que solo añade más sufrimiento innecesario. Puede existir una predisposición en determinadas familias a sufrir alguna enfermedad mental que tenga como síntoma los impulsos suicidas (destacando la depresión mayor, el trastorno bipolar y la esquizofrenia), o que algunas circunstancias traumáticas faciliten la imitación de conductas autodestructivas.

En este sentido son muchos los investigadores y terapeutas que advierten que los familiares de un suicida tienen más posibilidades de realizar también una tentativa de suicidio. El dolor que causa una pérdida de este tipo, las circunstancias que suelen acompañar esa pérdida son causantes de duelos muy complicados y de terribles sentimientos de culpabilidad, de responsabilidad sobre la muerte de nuestro ser querido, que pueden en ocasiones derivar en duelos patológicos y en enfermedades mentales. Es indispensable hablar y abordar el duelo por suicidio de manera que estos sentimientos pueden reconducirse; reconciliarse con la pérdida y las circunstancias que lo acompañaron.

No es cierto que el suicidio no se pueda prevenir al ser un acto impulsivo.

Existen casos de suicidios en los que no parecían existir síntomas, avisos o indicadores previos, pero estos casos son un porcentaje muy bajo. Ciertamente estos casos resultan muy difíciles de evitar o prever para desgracia de todas las personas que los quieren. Aun en estos casos parece evidente que existe previamente una ideación o fantasías así como algunos indicadores en su conducta, lo que técnicamente se ha venido en llamar síndrome presuicidal[v]

Nuestro desconocimiento sobre estas conductas contribuye a no poder detectarlas. Pero habitualmente existen numerosos indicadores de las conductas suicidas y por tanto el trabajo de prevención y la divulgación de los recursos al alcance de las personas que lo sufren es la mejor contribución para ayudar a las personas que se encuentran en ese trance.

No es exacto afirmar que el suicida desea morir.

Suponer que si una persona piensa suicidarse o lo intenta nada ni nadie podrá impedirlo, niega los testimonios de aquellas personas que una vez superada su situación de crisis nos hablan de su desesperación en aquel momento, de sus sentimientos negativos respecto a la vida.

La mayor parte de las personas que tienen conductas suicidas lo que desean es liberarse definitivamente del sufrimiento emocional y anímico que padecen. Los sentimientos de vida y de muerte se mezclan, hasta que pueden llegar a imponerse estos últimos. Desean morir, porque no quieren seguir viviendo del modo en que viven, tal y como señaló Edwin S. Shneidman. Si se produjeran cambios en su vida esa situación podría cambiar, como así es en muchos casos de personas que han superado sus crisis suicidas.

La ayuda a estas personas, la educación para detectar precozmente estas ideas y poder advertir a aquellos que las sufren sobre sus riesgos y las alternativas a su estado, sin duda contribuirían al descenso en las tentativas.

No es acertado suponer que tras la mejoría de un trastorno, o tras una crisis suicida el riesgo de suicidio ha desaparecido.

Desgraciadamente es muy habitual que cuando parece que las personas han mejorado tras sufrir una tentativa, o cuando empiezan a salir de una depresión, se produzcan intentos más graves. Las personas con ideas suicidas que ya han hecho algún intento pueden tener tres veces más posibilidades de un nuevo intento que aquellas que no lo han intentado nunca. Casi el 50 por ciento de las personas que sufren este tipo de crisis han realizado intentos en los primeros meses de su mejoría. Este riesgo es espacialmente elevado aproximadamente los doce primeros meses tras un alta hospitalaria y muy elevado los tres primeros.

Esta posibilidad de riesgo es una causa de extrema gravedad para las personas que la sufren, pero sin duda también es cacusa de gran sufrimiento para las personas que las quieren, que contemplan impotentes que la situación lejos de mejorar, empeora.

Cuando la situación física mejora las personas con tendencias suicidas pueden mantener su idea de llevar a cabo esa acción, pues las ideas suicidas pueden persistir. La interpretación de su sufrimiento no ha cambiado, por lo que pueden volver a intentarlo aunque parezca exteriormente que se ha producido una mejora en su estado.

No es correcto afirmar que el que intenta suicidarse nunca dejará de intentarlo.

Desgraciadamente ya sabemos que hay personas que intentan suicidarse en ocasiones realizando diversos intentos en espacios cortos de tiempo, pero también puede producirse pasados largos periodos. Los pensamientos suicidas pueden regresar al cabo del tiempo, pero no son para siempre. En muchos casos, superada la crisis no aparecen nunca más.

Las crisis suicidas puede prolongarse a lo largo de horas, días, pero raramente por más tiempo, lo más importante es disponer de conocimientos y recursos para facilitar la intervención si se producen.

No es cierto que los intentos de suicidio sólo sean una forma exagerada de llamar la atención.

El suicidio y las tentativas suicidas nos indican de forma trágica que esa persona no sabe cómo seguir con su vida, piensa en su situación que es mucho mejor morir que seguir viviendo. Los suicidios son en muchas ocasiones una forma desesperada de pedir ayuda aunque nos pueda parecer una contradicción. Es un último recurso fruto de la desesperación, y aunque en ocasiones la intención última no sea morir, esa posibilidad como bien sabemos, no depende solamente de la persona que lleva a cabo esa acción sino también de las circunstancias que lo rodean.

Este criterio peyorativo contribuye nuevamente a minusvalorar a la persona que se encuentra en esa situación, a considerarlo digna de rechazo y a no dedicar esfuerzos sociales y sanitarios a atenderla.

La razón última de estas líneas                                                                                            

En próximas entregas seguiré señalando algunos mitos y creencias equivocadas sobre el suicidio, tales como la suposición sobre el valor, la cobardía, la no afectación a determinados colectivos, la imposibilidad de hablar de este tema en los medios de comunicación…

Muchas de las personas que los lean tal vez piensen que para ellos es demasiado tarde, que su pérdida ya se ha producido; que saber esto ya no les sirve de nada, pero es en memoria de todos los que hemos perdido, que reivindicamos la necesidad de reconocer y normalizar la atención al suicidio y a todas sus víctimas.


[i]  Sergio A. Pérez Barrero.Los mitos sobre el suicidio. La importancia de conocerlos. Revista Colombiana de Psiquiatría, vol. XXXIV, núm. 3, julio-septiembre, 2005, pp. 386-394, Asociación Colombiana de Psiquiatría Colombia.

[ii]  OMS 2000 PREVENCION DEL SUICIDIO:UN INSTRUMENTO PARA TRABAJADORES DE ATENCIÓN PRIMARIA DE SALUD

[iii] Guí́a de Práctica Clínica de Prevención y Tratamiento de la Conducta Suicida. Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad, 2012, Pàg. 319.

[iv] Suicide and its Aftermath: Understanding and Counseling the Survivors (El suicidio y sus secuelas: comprender y asesorar a los sobrevivientes) Edward Dunne, John McIntosh, y Karen Dunne-Maxim (Eds.), W.W. Norton y Compañía, 1987

[v] Ringel (citado por De Leo, 1998).

Darnos permiso

El dolor que no cesa.

Se compara el dolor que causa una pérdida por suicidio con el estado de postración que sufrieron las víctimas de los campos de concentración de la Alemania nazi, con el estrés  postraumático que sufren las víctimas inocentes de una guerra. Todos los que hemos sido testigos o hemos sufrido esas experiencias sabemos de la absoluta devastación que causa en nuestro estado.

Algunas de las personas que han contactado conmigo a través de nuestra Asociación (DSAS) hablan de una sensación de amputación, que causa sensaciones físicas dolorosas, insufribles, o comparan su ánimo con una ciudad arrasada por un bombardeo. Un dolor desesperado, sin consuelo; que nos incapacita para cualquier acción; imposibilitando por un tiempo a veces muy prolongado, nuestra vida tal y como la conocíamos hasta ese momento. Un dolor que nos abate, inmoviliza, aleja de los demás, difícil de compartir, de explicar.

Un estado en el que fácilmente podemos quedar atrapados durante mucho tiempo sin poder evitarlo, pues la pérdida que hemos sufrido contiene todos los afectos pero también todos los interrogantes, los misterios de una muerte que resulta en muchas ocasiones insoportable aceptar y mucho menos entender.

El peso del calendario

Habitualmente, este estado de ánimo de profundo abatimiento, de incapacidad física y mental, se asocia a la fase más intensa e inicial del duelo; puede prolongarse unos meses, pero también puede durar un tiempo bastante superior. El primer año supone un reto permanente para las personas que sufren este tipo de pérdida: cada nueva fecha del calendario se convierte en una prueba difícil de afrontar. Todo ocurre sorprendentemente por primera vez,… el primer cumpleaños, los nuestros y el de la persona ausente. Se sobrevienen celebraciones familiares, festividades sociales aunque no tuviéramos costumbre de celebrarlas, indicándonos que la vida sigue con “normalidad”, cuando lo que desearíamos es que todo se detuviera; que el tiempo no avanzara, pues el paso del tiempo confirma su ausencia, la certeza de que no va a volver.

Sobrellevar la ausencia supone un esfuerzo enorme. Necesitamos, queremos que nos duela, pues entonces su recuerdo se hace más físico, llena de emoción el enorme vacío que ya no puede ocupar físicamente. Nuestro recuerdo es el único lugar donde nuestros seres queridos van a habitar a partir de su muerte, y por eso deseamos, a veces desesperadamente, que nos duela, pues nuestro temor a olvidarlos se asocia a esa experiencia dolorosa.

Si por un momento esa sensación nos abandona, si por un descuido sonreímos, la culpabilidad puede invadirnos para devolvernos a nuestro estado, recriminando que hayamos sido capaces de olvidar por un momento.

Pero la vida no se detiene, y nuestra familia, nuestros amigos muchas veces pueden mostrarse impacientes o no alcanzar a comprender este proceso. La vida nos arrastra hacia la “normalidad”, requiriendo volver a recuperar nuestras actividades, nuestras rutinas… O lo que es peor,  a encarar unas vacaciones sin nuestro ser amado, sin ella o él. ¿Cómo irnos unos días a otro lugar?, ¿Cómo dejar sus cosas, su habitación sola, tan vacía?…  ¿Cómo alguien puede suponer que podemos disfrutar del sol o de las vacaciones?

Empezando a convivir con el recuerdo

No es cierto que el tiempo lo cure todo, no basta con sentarse resignado a la espera de que el paso de lo años surta efecto, deberemos poner nuestro empeño, y afrontar las tareas que este viaje exige para encontrar la serenidad en nuestro duelo.

La primera vez no resulta nada fácil, pero será la primera de muchas, pues con suerte nuestra vida será larga y tendremos mucho tiempo para celebrar su recuerdo, todo el amor que sentimos y que sentiremos con el paso de los años. El dolor suele apaciguarse con el paso del tiempo, pero el recuerdo permanece. Su presencia no es tan perturbadora, aprendemos a convivir con él, sin que nos impida hacer otras cosas, emprender nuevos caminos, aunque siga acompañándonos.

Paulatinamente vamos firmando las paces con las partes del recuerdo que nos hieren más: la forma de su muerte, las visiones de su sufrimiento, nuestra frustración e impotencia, en ocasiones la prolongada enfermedad mental que ha precedido a su suicidio, las tentativas anteriores hasta que lo consiguió; en otras lo súbito e inesperado y todos los sentimientos de culpabilidad e incomprensión que esa experiencia conlleva.

Es importante encontrar un espacio para preservar el recuerdo, una especie de burbuja en la que nos podamos refugiar cada día un momento, facilitando nuestro equilibrio, que hablemos, que recemos si es nuestro deseo, que escribamos sobre nuestros sentimientos, o los compartamos con alguna persona de nuestra confianza.

Algunas personas explican el temor que sentían ante la proximidad del día del aniversario de su muerte, o del cumpleaños, pero para su sorpresa fueron mucho peores los días previos, pues ese día lo dedicaron a rememorar su vida en común, visitando el lugar que les gustaba, o viendo algún viejo video, revisando las álbumes fotográficos, reuniéndose con sus  amigos y amigas, con la familia…

Es bueno encontrar nuestro propio e íntimo ritual para sentirnos próximos a quien perdimos. No traicionamos a nadie por sonreír al recordar algo divertido. No cometemos ningún delito si luego bajamos a la playa y dejamos que nos bañen las mismas aguas que un día los bañaron a ellos, o si paseamos por el bosque, bajo el mismo cielo que contemplaron sus ojos. No somos peores personas por desear dormir sin que las pesadillas nos atormenten.

Formulando un propósito.

Un buen comienzo podría ser plantearnos un propósito: darnos permiso. Mientras esto no suceda será difícil avanzar. Debemos autorizarnos a recuperar nuestra alegría, a recordar que podemos sentir felicidad. No se trata de no sentir nuestra pérdida, en ningún caso de olvidar: su recuerdo nos acompañará, formando parte de nuestras vidas para siempre, mientras vivamos. Se trata de permitirnos, poco a poco, sin prisas, volver a la vida enriquecidos con las emociones que experimentamos. Todo ese dolor puede enfermarnos, atraparnos en la lógica de la muerte (entonces podemos necesitar ayuda profesional para seguir adelante), pero puede en la mayor parte de los casos, descubrir facetas de nuestra vida que han precisado de todo ese dolor para volvernos más comprensivos, más pacientes. Vislumbrar con nuestra experiencia la fragilidad que supone la condición humana.

Darnos permiso para no sentirnos culpables por aquello que no podíamos evitar. Darnos permiso para celebrar su recuerdo sin tanto dolor en la medida de nuestro estado. Sin prisas por quemar ninguna etapa, tampoco las más iniciales y dolorosas. Teniendo el valor de decir a los nuestros que esta vez aún no podemos, que la próxima lo volveremos a intentar. Sin olvidar que bajo el sol del verano nuestro recuerdo puede brillar más intensamente estemos donde estemos. Va siempre con nosotros.

El Codi Risc Suïcidi en Cataluña, una noticia esperanzadora

EL CODI RISC SUïDICI EN CATALUNYA, UNA NOTICIA ESPERANZADORA.

Hace ya algún tiempo que diversos colectivos trabajan para que la opinión social alrededor del suicidio cambie. Lo que era percibido como un estigma, como un mancha social que solo merecía rechazo y vergüenza, empieza a ser visto como lo que es verdaderamente, un problema de salud sobre el que se debe actuar al igual que se hace sobre la población que sufre diabetes o cáncer.

Un gran número de profesionales del ámbito de la salud  se hayan implicados en este cambio de actitudes y ha encontrado un elemento de complicidad  en la propia sociedad civil que comienza a manifestarse exigiendo atención y recursos para un colectivo de personas que sufren directamente las consecuencias trágicas del suicidio.

A lo largo de los últimos años la sociedad civil ha empezado a organizarse, un humilde ejemplo es la puesta en marcha de nuestra asociación DSAS ( Després del Suïcidi, Después del Suicidio ) facilitando una mayor comprensión del impacto terrible de esta clase de muerte en el entorno familiar y de relaciones afectivas del que se suicida, la brecha en su red social se cuantifica en decenas de personas que van a sufrir con esa pérdida irreparable durante mucho tiempo.

El anuncio del Departament de Salut de la Generalitat de Catalunya  de la puesta en marcha de un proyecto de prevención de las tentativas de suicidio es una gran noticia que, si dispone de los recursos necesarios para desarrollarse a lo largo de los próximos dos años, puede suponer un punto de inflexión en Catalunya y una referencia para todo el Estado Español.

Las cifras de la tragedia

Cuando hablamos de suicidio utilizar estadísticas puede parecer una falta de respeto para todas aquellas personas que han sufrido una pérdida de este tipo, por lo que pido disculpas de antemano, no es mi intención vulgarizar, ni numerar ninguna muerte,  pero algunos datos pueden ayudarnos a tomar consciencia de la magnitud de este drama social.

El Instituto Nacional de Estadística en su boletín Notas de Prensa de 31 de Enero de 2014, referido a  Defunciones según la Causa de Muerte del año 2012 sitúa el número de muertes por suicidio en el Estado Español en 3599 (2.724 hombres y 815 mujeres). Esta cifra terrible supone un incremento del 11,3% con respecto al año anterior de las muertes por suicidio.

Aún es pronto para realizar interpretaciones sobre este incremento,  desconozco en este momento podría indicar un cambio de tendencia que la crisis económica hacía temer a muchos investigadores. Con respecto a las cifras de la mayor parte de países europeos todavía nos encontramos con tasas muy bajas de suicidio por cada 100.000 habitantes, pero el repunte en el 2012 supone un aumento de esta tasa del 6,2% al 7,6%.

La falta de cuantificación de las tentativas, una asignatura pendiente

La tragedia del suicidio no acaba aquí, pues la dramática cuantificación de los suicidios consumados, ignora el número de tentativas que se producen y sus consecuencias físicas y mentales cuando no tienen un resultado de muerte. Se calcula que por cada suicidio consumado se producen unas veinte tentativas de suicidio. Las secuelas que causan esos intentos son en muchas ocasiones de una gravedad extrema. La falta de cuantificación, la práctica ignorancia sobre el colectivo de población que queda afectado por un intento no consumado es una evidencia más de la dificultad que el tabú del suicidio enfrenta todavía hoy.

El Codi Risc Suïcidi CRS (Código Riesgo Suicidio)

Es un programa que pretende desplegar el Departament de Salut de la Generalitat de Catalunya, en su ámbito territorial a lo largo de los dos próximos años. Este proyecto supone dar un paso adelante en las políticas de prevención, pretendiendo intervenir precisamente en toda la población que pueda encontrarse en riesgo de realizar una tentativa, o que ya la haya llevado a cabo.

La clave del éxito es establecer una supervisión pautada

El planteamiento es sencillo y a la vez ambicioso, pues su objeto es garantizar una actuación específica urgente de todos los agentes sanitarios implicados con el objeto de reducir la mortalidad pero también la repetición de tentativas:

- Modificar el protocolo de atención en urgencias hospitalarias.

- Garantizar un mejor seguimiento de los pacientes atendidos una vez recibida su alta de urgencias.

- Derivación de su atención en un Centro de Salud Mental.

- Y muy especialmente conformar un protocolo de presencia mediante diversos medios, sms, llamadas telefónicas, etc. a lo largo del siguiente año de la tentativa a fin de ofrecer garantías de que hay personas preocupadas por su bienestar.

El éxito de las experiencias previas

El programa Codi Risc Suïcidi (CRS), no sería posible sin la existencia de dos experiencias pioneras en Catalunya que suponen una referencia internacional por lo que hace a iniciativas integrales de prevención del suicidio exitosas.

En el año 2005 el Hospital de la Santa Creu i Sant Pau de Barcelona, en colaboración con el Centre de Salut Mental de la Dreta de l’Eixample, inicia una experiencia que pretende implicar a agentes sanitarios y no sanitarios con una voluntad de intervención integral, preventiva y divulgativa que informa a diversos agentes sociales sobre el riesgo de determinadas conductas que pueden suponer riesgo de suicidio. Igualmente introduce el seguimiento de las personas que han realizada una tentativa.

Esta iniciativa pionera ha supuesto una disminución del 20% de los reintentos de suicidio y la prolongación en el tiempo de la distancia entre estos intentos

En el 2007 una segunda experiencia se pondría en marcha en Sabadell, una población industrial próxima a Barcelona, liderada por la Corporación Sanitaria del Parc Taulí, con la colaboración del propio Ayuntamiento. Esta segunda experiencia tiene además algunas especificidades que conviene destacar: un estudio específicamente orientado a la población adolescente y la depresión en este colectivo, que ha supuesto una reducción muy significativa de los reintentos y una espectacular reducción de la tasa del 8,31 por 100. 000 habitantes en el 2008 a una de 4,8 en el 2011.

Estos programas han recibido el reconocimiento internacional y son una prueba evidente que los recursos dedicados a este campo suponen una mejora sustancial de las tasas de suicidio, es decir sencillamente salvan vidas.

Quiero expresar desde estas líneas nuestro agradecimiento a todos los profesionales que cada día trabajan en el ámbito de la Salud, por sus esfuerzos en un campo tan difícil como es el del suicidio. En las numerosas reuniones que hemos mantenido a lo largo de los últimos meses con los responsables de Salud Mental de estas instituciones, hemos podido constatar cómo su preocupación y compromiso es con los pacientes y con todas las personas que sufren esta situación.

Ahora bien, estos mismos profesionales reconocen que hay todavía mucho camino por delante, aún en el mundo de la salud el desconocimiento sobre los elementos de advertencia que se deben tener en cuenta ante una amenaza de suicidio son muy importantes. Esperamos que la implantación del programa Codi Risc Suïcidi suponga un verdadero punto de inflexión y contribuya a reducir significativamente las tentativas de suicidio con todo el dolor que cada intento supone.

En una situación económica como la actual, mi gran preocupación es que se destinen realmente los recursos humanos y materiales necesarios para que este proyecto se consolide y no se convierta en un mero brindis al sol para silenciar una demanda cada vez más exigente con las administraciones públicas.

Nosotros por nuestra parte comprometemos nuestra colaboración y nuestro testimonio incondicional en nombre de nuestra Asociación.

 

16 de noviembre: Día Internacional del Superviviente a la Pérdida por Suicidio

16 DE NOVIEMBRE DIA INTERNACIONAL DEL SUPERVIVIENTE  A LA PÉRDIDA POR SUICIDIO.

En el año 1999, el senador Harry Reid, presentó una propuesta de resolución al Senado de los Estados Unidos para establecer el Día Nacional del Superviviente  al suicidio en los E.U.A. El senador Reid es un superviviente  por la muerte por suicidio de su padre. El Senado norte-americano  instauró el sábado previo al Día de Acción de Gracias como el Día Internacional del Superviviente. En esta jornada se realizan celebraciones conmemorativas a la pérdida por suicidio  en centenares de localidades de todos los continentes, donde  familiares  y amigos de les persones muertas por suicidio se unen en el recuerdo de sus personas fallecidas dándose soporte mutuo”[i].

Queridas amigas, queridos amigos.

El próximo sábado día 16 de Noviembre nuestra Asociación: Després del Suïcidi – Associació de Supervivents (Después del Suicidio – Asociación de Supervivientes) (DSAS), ha decidido sumarse a la celebración del DIA INTERNACIONAL DEL SUPERVIVIENTE A LA PÉRDIDA POR SUICIDIO[ii]. Los actos previstos tendrán lugar en la Sala de actos del Nuevo Hospital de la Santa Creu i Sant Pau a partir de las 10h. [iii]

Tal y como os indicaba en la primera entrada de este blog, la voluntad de nuestra Asociación DSAS, es la de generar espacios de encuentro acogedores para las personas que han sufrido una pérdida por suicidio, pero también dar a conocer socialmente nuestra experiencia, dignificando la condición de Supervivientes y reivindicando la necesidad de mayor atención social al suicidio y sus consecuencias.

La celebración del DIA INTERNACIONAL DEL SUPERVIVIENTE A LA PÉRDIDA POR SUICIDIO, por primera vez en el Estado Español y en Catalunya, nos ofrece la posibilidad de hacernos presentes en los medios de comunicación con una noticia que pretende tomar distancias de la morbosidad y tendenciosidad con que muchas veces se aborda la noticia del suicidio. Queremos dar voz a los testimonios de los Supervivientes; que den a conocer sus historias en la convicción de que el testimonio del dolor que causa este tipo de muerte es el mejor instrumento que poseemos para concienciar a la sociedad y sus administraciones de que deben destinar mayores recursos y atención a esta tragedia.

Con esta voluntad, hemos hecho un esfuerzo organizativo muy importante, dados los recursos de nuestra Asociación, para realizar una serie de actividades que a lo largo de la mañana de este día posibilitarán el encuentro de personas interesadas en esta situación, Supervivientes, profesionales de la Comunicación y de la Sanidad, compartir e intercambiar opiniones, testimonios e información en un entorno de confianza, comprensión y respeto.

Pre-estreno del Documental Supervivientes y Mesa Redonda.

Como acto central  se pre- estrenará el Documental “Supervivientes[iv] de Itziar Bernaola y Pablo Ferrán con carácter de primicia mundial antes de ser presentado en festivales; un riguroso trabajo que aborda las historias de diversos supervivientes a la muerte por suicidio de personas queridas, que sus autores nos han ofrecido de manera totalmente desinteresada.

En la mesa redonda que seguirá al pre-estreno podremos contar con la presencia de los dos directores y de algunos de los Supervivientes que han participado en el rodaje.

Merece una mención muy especial la presencia en esta mesa del escritor Juan Carlos Pérez, Superviviente y autor de uno de los pocos libros que aborda la problemática del suicidio en lengua castellana La Mirada del Suicida[v], de clara vocación divulgativa y que dedica un espacio destacado a la reivindicación de la figura de los Supervivientes.

Para romper con el silencio, para romper con la soledad.

No estamos solos en la pérdida. R.A. Neimeyer habla de que por cada persona que muere quedan afectadas de media las vidas de otras 128 ¡según las estadísticas. En su opinión, deberíamos hablar de Sistemas de duelo, dado que se trata de una verdadera red de personas afectadas por la pérdida en mayor o menor medida.

Centenares de personas que muchas veces no saben cómo compartir sus sentimientos y preocupaciones, viviendo su experiencia de duelo sin darse cuenta de que a su lado otras personas sufren el mismo dolor, o lo han sufrido.

Hablar de lo que nos ha ocurrido, compartir los recuerdos de la persona fallecida, o los sentimientos que nos despierta es curativo. No necesitamos demasiadas palabras de consuelo, sino más bien que nos escuchen, poder hablar sin prisas. Encontrar nuestros propios significados, tal y como indica el filósofo y escritor Thomas Attig[vi] debemos “Revisar nuestro mundo de significados” pues a raíz  de la pérdida este ha cambiado y ya nunca será el mismo.

Para eso necesitamos tiempo y dedicación, pues contrariamente a la imagen estereotipada del duelo como un proceso del que somos víctimas pasivas, en el que nada nos cabe hacer salvo sufrir, realizamos un arduo trayecto de aprendizaje con un doble destino: elaborar nuestra pérdida y  reconstruir nuestra existencia a partir de ese dolor. En este proceso el sentido de nuestra vida “gana en profundidad por nuestra continua consciencia de lo que ya no tenemos y el valor que damos a lo que hacemos”[vii]

Este tiempo es imprescindible para poder elaborar nuestro duelo  intelectual pero sobretodo emocionalmente, tal y como señala W. Worden. En el caso de la pérdida a causa del suicidio es todavía más importante que en otros casos, ser conscientes del esfuerzo personal que supondrá llevar a cabo este proceso.

Una muerte privada de derechos.

La muerte a causa del suicidio es una muerte privada de derechos, no solo somos supervivientes involuntarios, sin haber podido escoger nuestra condición, sino que además nos vemos privados de la consideración social, más que una condena explícita nos vemos ignorados en muchas ocasiones sin recibir las lógicas palabras de consuelo, los gestos de reconocimiento que esperaríamos, según J.C Pérez. La condena de silencio, el temor a la pérdida de prestigio familiar, a ser “marcados socialmente” nos puede llegar a situar en un sentimiento de “expulsión de la normalidad”, como ocurría con las muertes a causa del Sida y desgraciadamente sigue ocurriendo.

Esta situación causa en muchas ocasiones que el ciclo del duelo sea mucho más complicado y que difícilmente se pueda concluir. Nuestro reto es hacer un duelo sin comprenderlo y sin la complicidad social que precisaríamos.

Debemos tender la mano, ofrecer nuestro testimonio.

Decía Juan Carlos Pérez en su magnífico La Mirada del Suicida: “Algo tiene que cambiar de manera muy radical para que las personas víctimas de un sufrimiento extremo no tengan que esconder su dolor para que no se lo acrecentemos. Es necesario romper ese círculo vicioso de silencio y ocultación que conduce a una percepción equivocada de la magnitud y el alcance de esta realidad social, que nos deja a la intemperie emocional, expuestos al zarpazo inesperado y desamparados a la hora de encontrar apoyos”[viii].

Nuestra sincera opinión es que nosotros mismos debemos ser los protagonistas de ese cambio,  que debemos reivindicar ser el motor de esta transformación de la visión sobre el suicidio. Compartir nuestra experiencia, tender la mano a aquellos que la han sufrido y todavía se encuentran abatidos por el dolor y la tristeza.

Os invitamos a compartir este día con nosotros, con otros Supervivientes.

Os esperamos.

“Se trata de experimentar la poderosa sensación de conexión y de comunidad que se forja entre los supervivientes a la pérdida de suicidio.

No estás solo. Este día es para ti”[ix].



[i] Extracto traducido de la http://www.afsp.org/survivorday

[ii] Para consultar todos los detalles de la Jornada: http://www.despresdelsuicidi.org/category/agenda

[iii] (Sala de Actos. Bloque A planta 3. C. Sant Quintí 89 (entrada principal) 08026 Barcelona.

[iv] Enlace al tràiler del Documental Supervivientes: http://www.youtube.com/watch?v=hIVPnOvMa3c

[v] Juan Carlos Pérez Jiménez. La mirada del suicida. 2011. Ed Plaza y Valdés. Madrid.

[vii] Robert A. Neimeyer. (p. 68.). Aprender de la pérdida. Una guía para afrontar el duelo. Ed. Paidós 2002. Barcelona

[viii] Juan Carlos Pérez Jiménez (p. 85). La mirada del suicida. 2011. Ed Plaza y Valdés. Madrid

[ix] Extracto traducido de la http://www.afsp.org/survivorday


Hablar del suicidio y sus consecuencias

La vida ya no es la misma, ya no puede serlo.

Luis Mateo Diez.

¿De verdad vale la pena hablar de esto? Vale la pena, pues es la pura verdad.

A todos los que leáis estas líneas a raíz de la muerte a causa del suicidio de un ser querido, dejadme que os diga que el camino que os espera no es nada fácil. El suicidio es una muerte ignorada socialmente, que suscita todavía hoy enormes temores, incompresibles ignorancias, pero sobretodo un terrible silencio que cae pesadamente sobre todos los que hemos sufrido una pérdida por su causa.

Enfrentar una pérdida así es una tarea titánica que os exigirá una enorme fuerza interior, la ayuda de las personas que os quieren y su más absoluta comprensión al respecto de una situación que no dispone de soportes sociales, ni de procedimientos de atención establecidos. Buena parte de los profesionales de la salud reconocen no estar preparados para atendernos, a pesar de su buena voluntad, ni mucho menos otros servicios públicos que desgraciadamente intervienen en los primeros momentos cuando el fallecimiento se ha producido: policías, bomberos…

Tendréis momentos muy difíciles, el dolor, la desesperación por la pérdida y la dificultad para comprender un acto como supone causarse la muerte a uno mismo, marcará vuestras vidas, ha marcado la de todos los que la hemos padecido.

La decisión de algunos profesionales, de muchos supervivientes como los que formamos la  primera Asociación del estado español dedicada a estos, Després del Suïcidi. Associació de Supervivents (Después del Suicidio. Asociación de Supervivientes) DSAS y otras organizaciones de prevención que han surgido en estos últimos años, es romper este silencio y hablar del suicidio; de la necesidad de impulsar programas de prevención, como se hace hoy en día con los accidentes de tráfico, y de poner en primer plano las consecuencias trágicas del suicidio: los supervivientes, familiares y amigos de la persona que muere por esta causa, para reclamar la clara necesidad de programas de atención a las víctimas.

Hablar del suicidio es la mejor manera de prevenirlo y hablar de sus consecuencias, de la enorme cantidad de sufrimiento y dolor que recae sobre los supervivientes que querían a la persona que ha muerto por esta causa, puede hacer comprender a la sociedad como de necesario es cambiar los puntos de vista sobre este grave problema.

Nadie que muere por causa del suicidio merece ver calificada toda su vida por ese acto. Nadie es simplemente un suicida. Es una reducción injusta y fruto de la ignorancia y el temor.  Aquellos que perdimos viven en nuestro recuerdo con la luz y la intensidad de nuestro afecto: vamos a reivindicar su memoria, vamos a hablar de su existencia y de las consecuencias de su muerte.

Permitidme que reproduzca aquí una parte de las palabras de saludo a los supervivientes de la Fundación Americana Para La Prevención Del Suicidio de su Guía de recursos y recuperación: Sobrevivir a una pérdida por suicidio.

Este camino para sentirse completo no tiene mapas. Es el viaje más doloroso que existe (lleno de giros e imprevistos, corazones heridos y malentendidos). En esta senda surgen pequeñas maravillas, pero puede que estemos demasiado doloridos o débiles para reconocerlas. Sin embargo, llegará el día en que puedas mirar hacia atrás y saber que estuvieron allí.

Compartimos tu soledad. Compartimos tu pesar. Compartimos tus dudas. Honramos a aquellos que amamos y hemos perdido por suicidio. Que el resplandor y la belleza de sus vidas no sean nunca definidas por sus muertes.

Los supervivientes son las personas más valientes que conocemos. Cuídate, ten paz, ten esperanza”.

 

Estar en duelo

Cuando perdemos a una persona querida se inicia un proceso de aceptación de la pérdida, de despedida definitiva, que puede prolongarse por mucho tiempo y que produce una serie de consecuencias que muchas veces no hemos considerado: sociales, personales, económicas, físicas…

Dice Luis Mateo Diez en su bello libro sobre la familia y el duelo, Azul Serenidad, “La muerte exilia a los que quedamos vivos, leí una vez, porque la desaparición de los seres queridos nos deja fuera de la fronteras en que eran posibles los afectos, y es un exilio que se parece a la orfandad”.

Sea cual sea el vínculo de parentesco, amistad o relación que nos unía, si era una persona querida, el peso de esa ausencia se hace muy difícil de sobrellevar.

Estos sentimientos son comunes al conjunto de los seres humanos, el duelo es una experiencia que todos sufrimos, porque forma parte de nuestra propia condición perecedera. Es según Alba Payàs: “el precio que pagamos, algunos muy a gusto, por estar vinculados a nuestros seres queridos y poder experimentar la conexión de afecto e intimidad necesaria para vivir, crecer y desarrollarnos como personas”.

No estamos enfermos, estamos afectados por la pérdida.

El duelo, forma parte de nuestra vida, no es ninguna enfermedad, es una experiencia que viviremos numerosas veces con mayor o menor intensidad en relación a los afectos compartidos con la persona que perdemos y todas las circunstancias que rodeen a su fallecimiento. Sobreponernos a esa pérdida dependerá, en buena medida, de nuestra capacidad de rehacer afectos, de compartirlos con nuestros otros seres queridos a pesar de todo el dolor que supone no gozar de la presencia de quien hemos perdido.

Estar en duelo, sentirnos tristes, terriblemente abatidos, sin fuerza ni motivación para hacer nada, enfadados con el mundo, con la vida… son sentimientos lógicos que van a acompañarnos a lo largo de los días siguientes, de los meses, incluso de los años, con mayor o menor intensidad. Con el paso del tiempo y el afecto de los que nos quieren aprenderemos a aceptar esos sentimientos, a modular su terrible impacto inicial.

El duelo por suicidio

¿Pero qué ocurre cuando la muerte de esa persona querida es a causa de su suicidio? ¿Qué sucede cuando sabemos que fue ella misma quién se causó la muerte?

Si sobreponernos a la pérdida de alguien a quien queremos es una tarea árdua, cuando se trata de una persona que ha muerto a causa del suicidio la cuestión adquiere características mucho más complicadas y de difícil afrontamiento.

A los sentimientos lógicos de tristeza, dolor y abatimiento, pueden añadirse con enorme intensidad otros como:

  • la vergüenza.
  • la incomprensión.
  • el abandono
  • la culpabilidad
  • el dolor incontrolable con severas manifestaciones físicas en ocasiones.
  • el enojo con la persona por lo que ha hecho…
  • hasta el alivio si este se ha producido tras una larga y difícil enfermedad mental.
  • Y las preguntas, las terribles preguntas que nos asaltan en todo momento: ¿Por qué?, ¿Por qué lo ha hecho?, ¿Por qué me ha hecho esto a mí? ¿Cómo puede ser que se haya quitado la vida?

El tabú social que todavía envuelve al suicidio dificulta poder mostrar todos nuestros sentimientos, y  por ello “el suicidio es la crisis de duelo más difícil que ha de afrontar y resolver cualquier familia[i]. A nuestra dolorosa pérdida de un ser querido, se suman estos sentimientos de vergüenza por considerar que es un acto que se lleva a cabo desde la libertad de decisión, de abandonar la vida, de abandonar a la personas que los quieren, por lo que la sociedad tradicionalmente ha condenado al que muere por suicidio y a sus familiares a toda clase de ignominias (no olvidemos que hasta hace poco se negaba el entierro en cementerios católicos, la celebración de funerales, o que las pólizas de seguros lo consideraban un elemento invalidante del contrato).

La doctora en psiquiatría Carmen Tejedor, pionera de los programas de prevención del suicidio en nuestro país, afirma que la vergüenza social se debe a que “creemos que es un acto libre y si hay libertad hay culpa, así que existe una especie de juicio popular que condena de antemano al suicida y a quienes le rodean.” Pero el suicidio no es un acto que se decide desde la libertad o desde una reflexión clara de nuestra situación: “Yo nunca he encontrado libertad en el suicida: siempre eran víctimas de un estado anímico alterado que no les permitía decidir libremente.” afirma la doctora Tejedor.

La culpabilidad por lo que ha hecho la persona que se suicida suele acompañar a su entorno más próximo: ¿Cómo no me di cuenta?; ¿Por qué no hice lo suficiente para evitarlo?; ¿Por qué dije o no dije…?. Esta culpabilidad también puede dirigirse en ocasiones hacia terceras personas, que a nuestro entender tiene algún grado de responsabilidad en esta situación: servicios sanitarios, psiquiátricos, familiares, amigos…

E. Shneidman, padre de las iniciativas de prevención del suicidio en los Estados Unidos indicaba al respecto: “Creo que la persona que se suicida deposita todos sus secretos en el corazón del superviviente, le sentencia a afrontar muchos sentimientos negativos y, es más, a obsesionarse con pensamientos relacionados con su papel, real o posible, a la hora de haber precipitado el acto suicida o de haber fracasado en evitarlo. Puede ser una carga muy pesada.”[ii]

Estos sentimientos al igual que la ira que podemos sentir contra la persona fallecida a causa del suicidio, así como hacia terceras personas, pueden llegar a experimentarse con una intensidad tan fuerte que puede hacernos pensar que estamos perdiendo la razón, pero no es así, son características habituales en el duelo por suicidio. Sin embargo, si estas sensaciones, estos sentimientos se hacen demasiado insoportables, su recurrencia es excesiva pasado un tiempo razonable, es bueno acudir a un terapeuta o a grupos de apoyo para poder comentarlos y aprender a canalizarlos mejor.

No es ningún consuelo saber que el suicidio es una grave afección que altera nuestro modo de pensar en la vida y en que merecemos vivir, pero conviene tener muy presente como indican numerosos investigadores que:

«Una vez que alguien ha decidido acabar con su vida, hay un límite de cuánto puede hacer otra persona para detener el acto. […] De hecho, la gente a veces encuentra una manera de quitarse la vida incluso estando hospitalizados en unidades psiquiátricas cerradas bajo cuidadosa supervisión. Teniendo en cuenta este hecho, intenta ser realista en lo que respecta a qué tan predecible era el suicidio y cuánto podrías haber hecho para intervenir.

 

[...] La investigación médica demuestra que los trastornos psiquiátricos serios conllevan cambios en el funcionamiento del cerebro que pueden alterar gravemente el juicio, el humor y el comportamiento de la persona que padece dicho trastorno. [...] La enfermedad produce en el individuo cambios biológicos que generan el dolor emocional y físico (depresión, incapacidad para disfrutar de las cosas, desesperación, etc.) que participa en casi todos los suicidios.» [iii]

 

 

¿Pero por qué me ha pasado a mí?

Las preguntas, siempre las terribles preguntas que nos asaltan sin cesar, busca una explicación racional a un fenómeno que aún hoy, posiblemente por culpa de todos los tabúes que lo rodean resulta difícil de explicar. Aun así debemos considerar que:

  • En torno al 90 por ciento de las personas que mueren a causa del suicidio sufren algún tipo de enfermedad mental diagnosticada o no.
  • Buena parte de estas sufren depresiones graves o trastorno bipolar.
  • El diez por ciento restante es de más difícil interpretación, pero pueden tener relación principalmente con desengaños amorosos (adolescentes y jóvenes en su mayoría), o por un terrible sentimiento de soledad (habitualmente personas ancianas).
  • Que la cifras estadísticas no nos induzcan a error; ni todas las personas que sufren enfermedades mentales se suicidan, ni todos los que mueren por causa del suicidio sufren un trastorno mental.
  • La persona que considera su propia muerte es una persona que sufre y a este sufrimiento todos somos vulnerables.
  • Las personas mueren a causa del suicidio como consecuencia de esos trastornos, pero también por una sensación individual e intransferible de sufrimiento extremo que las incapacita para analizar su situación desde la lógica de la vida.
  • Es decir, las personas pueden morir por esta causa al igual que otras pueden morir de cáncer o por sufrir un infarto.  En ocasiones son víctimas de una enfermedad mental,  en otras de un trastorno momentáneo de la razón, puede que de una alteración grave de la conducta algunas veces completamente imprevisible y que no hemos llegado a comprender todavía.
  • El suicidio no es sí mismo ninguna enfermedad.
  • Por ello, por sus causas tan diversas, algunas aún desconocidas, no podemos hablar de suicidio. Debemos hablar de suicidios, ya que todo suicidio es un acto personal e individual. Nadie es igual a nadie y cada historia merece ser tenida en cuenta, aun cuando nos cueste comprender sus razones y aceptar su final.

El silencio que rodea al suicidio nos hace creer que nuestra experiencia es prácticamente única pero sólo en España:

  • Murieron por suicidio más de tres mil personas durante el año 2011, siendo hoy en día la primera causa de muerte externa, por encima de los accidentes de tráfico[iv]. Aun cuando temamos que las estadísticas reduzcan a la baja la cifra real, por los prejuicios  obvios a calificar una muerte no natural de suicidio, eso supone que en España mueren más de 8 personas cada día por esta causa.
  • En Europa mueren alrededor de 58.000 ciudadanos cada año por suicidio. [v]
  • Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), cada 40 segundos una persona se quita la vida en el mundo.

“La OMS y las Naciones Unidas (ONU) instan desde 1996 a desarrollar políticas de prevención, una vez constatado que las muertes voluntarias en el mundo superan a las provocadas por homicidios y guerras y que en 2020 las víctimas podrían ascender a un millón y medio. Ya en 2005 la organización sanitaria estableció que en los siguientes cinco años, en 2010, los países de la Unión Europea tenían que incluirla en sus políticas nacionales”.[vi]

Sin embargo hasta hoy nada se ha hecho en nuestro Estado para impulsar políticas de prevención o programas de atención urgente a la personas con tendencias suicidas. Nada. Evidentemente tampoco se han iniciado ningún tipo de programa para atender supervivientes a este tipo de pérdida.

Si calculamos una media de seis personas afectadas por la muerte de una persona a causa del suicidio entre familiares y amigos solo en España a lo largo del año 2011, alrededor de 18.000 supervivientes no percibieron ningún tipo de atención, ni de indicación especial referida al riesgo que supone el duelo por suicidio. Si multiplicamos esta cifra por diversos años, centenares de miles de personas han sufrido esta situación. ¿Por qué no sabemos nada de todos ellos? ¿Cómo se puede ocultar aquello que es tan obvio, el sufrimiento extremo de tantas personas?

Sin duda no estáis solas, no estáis solos. Miles de personas comparten vuestro dolor, vuestra experiencia, aunque difícilmente sepáis de ellos; el tabú, el miedo y la ignorancia nos condenan a una vergüenza y una culpabilidad inmerecidas y a un sufrimiento en soledad. Pero merecemos atención, merecemos información, merecemos sobretodo compresión y ayuda.

Aún quedan muchas cosas de las que hablar. Espero tener ocasión de hacerlo en futuras colaboraciones.

Todo el  ánimo para vosotros y los vuestros.

“La vida de los muertos perdura en la memoria de los vivos”.

Cicerón.


[i] Cain 1972. Pág. 11, citado por J.W.Worden en El tratamiento del duelo: asesoramiento psicológico y terapia. Ed. Paidós 2004. Barcelona.

[ii] Cain 1972. pág. 10, citado por J.W.Worden en El tratamiento del duelo: asesoramiento psicológico y teràpia. Ed. Paidós 2004. Barcelona.

[iii] Bob Baugher y Jack Jordan, After Suicide Loss: Coping with Your Grief , citado en Fundación Americana Para La Prevención Del Suicidio de su Guía de recursos y recuperación: Sobrevivir a una pérdida por suicidio.

[iv] Fuente: INE. Instituto Nacional de Estadística.

[v] Juan Carlos Pérez Jiménez. La mirada del suicida. 2011. Ed Plaza y Valdés. Madrid.